Menos mal, Marine


Menos mal, Marine. La divina providencia, seguramente guiada por Santa Juana de Arco, quiso que no estuvieras ayer en el estadio Luzhniki. Con la que estaba cayendo. Imagina tener que soportar ese chaparrón múltiple. Empapándote durante minutos mientras hay un único tipo con paraguas abrigando a Vladimir Putin. Compartiendo palco y podio con una rubia más rubia que tú y que ni siquiera es del norte. Coronando a una selección francesa en la que más de la mitad de los jugadores tiene raíces africanas. Con aficionados bleus en la grada agitando como una bandera la primera página que L’Equipe dedicó a la Francia campeona de Zinedine Zidane. Si hasta Antoine Griezmann, el chico de oro, tiene apellido alemán y sangre portuguesa. Ya se sabe que el juego te da igual. Bonito, sucio, regular... Lo importante es el resultado. No te hubiera importado la falta de estilo y fútbol del equipo de Didier Deschamps. Te habrían dado igual los comentarios de que Bélgica hubiera merecido más gloria y Croacia, menos castigo. No desaprovecharías la oportunidad de reescribir la pequeña historia de esa falta inexistente con la que Francia abrió el marcador en la final, porque tú no te sueles apartar ante las verdades irrebatibles que circulan en sentido contrario. Habrías discutido con facilidad la conclusión de que no ganó el más brillante, sino el que mostró menos flaqueza; la tesis de que, después de los triunfos de España y Alemania, el fútbol involuciona con esta victoria de músculo, contención y destellos. Todo eso podrías soportarlo. Pero lo otro... ¿Cómo explicarle lo otro a los chavales que te arropan, esos que están orgullosos de ser blancos que presumen de hablar solo en francés? ¿Cómo hacer que lo digieran esos orgullosos veteranos que te votaron, los que consideran que solo deberían ser ciudadanos franceses de primera los que tienen ocho apellidos franceses? ¿Cómo posar para la foto que consagra una colorida grandeur en la Copa del Mundo cuando tú defiendes que la grandeur es otra cosa muy distinta?

Te has librado del peor de los destinos. Menos mal, Marine Le Pen, que no ganaste las elecciones francesas.

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