Detrás del telón de Wimbledon

Wimbledon es un acontecimiento sin parangón, por su tradición y por cómo sabe evolucionar

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Viví cuatro años en Wimbledon Village, un barrio muy pintoresco ubicado en las afueras de Londres. Su calle principal, High Street Wimbledon, solo tiene trescientos metros poblados de boutiques, restaurantes y cafés. Luego cambia su nombre y bordea el Wimbledon Common, un parque enorme que tiene dos campos de golf, un cementerio, un molino de viento y numerosos bosques, donde caminando uno se cruza con carteles que indican «Prioridad a los caballos».

Durante la mayor parte del año, el Village es un lugar armonioso, tranquilo, donde los vecinos pasan desapercibidos y no alteran el orden de los días. Uno puede olvidar su cartera, como le sucedió a una amiga en un bar, volver 30 minutos más tarde y encontrarla en el mismo sitio donde la dejó. Los pubs -Dog and Fox, Rose Crown o Fox and Grapes- marcan el ritmo existencial del barrio. Son famosas las borracheras del actor Oliver Reed, el hijo pródigo de Wimbledon, con sus amigos en estos pubs durante los años sesenta y setenta. Su última curda, en un pub irlandés en una competencia con un marinero a ver quién bebía más, lo llevó a su muerte durante el descanso de la filmación de la película «Gladiator». Su cuenta -que no fue pagada- está colgada como un suvenir en la pared del pub en Malta, conocido ahora como Ollie’s Last Pub.

Sin embargo, las semanas previas al torneo de Wimbledon, el Village sufre un cambio total, las vidrieras de las boutiques, los restaurantes y demás lugares públicos, decoran su interior con pelotas de tenis, raquetas antiguas, fotos y demás. Los tenistas y fanáticos del tenis alquilan las casas a precios increíbles y los residentes hacen su verano sin trabajar. El Village, durante las noches, del torneo es un caos; las barricadas protegen las aceras, los pubs están llenos, no hay lugar en los restaurantes y el frenesí del verano está en su máxima expresión.

La calle Marriat Road desciende desde el final del Village hacía el All England Club, donde se juega Wimbledon. Este torneo es la vidriera más importante del año para un jugador de tenis profesional. Nadie imagina el trabajo que lleva preservar las canchas de césped en condiciones sublimes para jugar. Muchos meses antes, cuando el verano llega a su fin, en el mes de septiembre, se cierran las canchas principales a los socios del club para iniciar las tareas de mantenimiento. Un mes antes del torneo, comienzan a llegar los camiones con miles de flores, plantas, el cátering de los diferentes puestos e incluso nuevas estructuras que superan al año anterior. Una organización sublime trabaja como un ejército sin dejar ningún detalle en el olvido. Es lo más cercano a la perfección en cuanto a la belleza y eficiencia de un evento y los ingleses están orgullosos de ello.

Wimbledon es un acontecimiento social y deportivo que no tiene parámetro en el mundo por su tradición y su capacidad de evolución. Los jugadores son tratados como estrellas y no tienen que preocuparse de nada, simplemente jugar. 

Una historia reciente relata de manera irónica una situación que sucedió durante uno de los torneos. Un millonario americano, entusiasta del tenis y con cierto aire de invencibilidad apareció un verano y quedó perplejo. Se acercó a las autoridades del club y les ofreció una pequeña fortuna para que los ingleses le dieran el know how para hacer un torneo igual en Estados Unidos. Cuando le presentaron a la persona que estaba a cargo de todo lo que concierne al mantenimiento de las canchas, le preguntó: 

-Quiero hacer algo igual en América. Es mi mayor desafío y mi mayor ambición. ¿Me podría decir cómo puedo hacerlo? 

-Fácil, muy fácil (contestó el inglés con una sonrisa feliz), siembras, riegas, cortas el césped y lo proteges de las epidemias durante aproximadamente 100 años y luego vas a tener algo similar.

Tito Vázquez, ourensano, fue jugador profesional y capitán de Argentina de Copa Davis

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