Zidane, Verratti y Rajoy


Zinedine Zidane dejó el fútbol dándole un portazo a su propia trayectoria. Con el cabezazo a Marco Materazzi en la final del Mundial del 2006. Roja directa. Pérdida total de control del jugador que ha firmado los controles de balón más elegantes. Su segunda gran despedida ha sido otra cosa. Se marcha del Madrid consciente de que incluso las mayores olas acaban rompiendo. Sin dramas ni alborotos. Se evita el dilema de la renovación blanca. Cambiar piezas en plena crisis es lógico. Hacerlo después de un éxito es un desafío, porque es difícil navegar entre dos pecados: la ingratitud hacia los jugadores que han ganado los títulos y el inmovilismo que solo mira hacia el pasado. Esto último fue lo que mató a Vicente del Bosque en Brasil.

Por la mañana anunció su marcha Zidane. Por la tarde Rajoy no supo despedirse. Como merengue militante, debería haber aprendido del adiós matinal. Su escaño vacío pasará a la historia. En la jerga futbolística se trata de una autoexpulsión en toda regla. Con premeditación y alevosía. Ese deseo de largarse de un escenario que ya no es propicio. Esa voluntad de no quedarse al naufragio aunque uno sea el capitán, el segundo de a bordo o el contramaestre. Ha ocurrido muchas veces. Marco Verratti dejó tirado al PSG frente a los madridistas en la última Liga de Campeones. A nadie le gustan los funerales, pero es el colmo que los primeros en marcharse sean precisamente los difuntos. En el caso de Verratti al menos no consta que se encerrara en un restaurante con un grupo de amigos para digerir el disgusto y que tuviera que ser sacado de allí por un escolta del club francés.

Rajoy dijo un día aquello de que «el Real Madrid es el equipo de todos los españoles y el Celta, de todos los gallegos». Después, al comprobar que no todo el mundo comulgaba con sus colores (algo estadísticamente imposible), intentó aliñar sus declaraciones. Pedro Sánchez jugó en las categorías inferiores del Estudiantes y es seguidor confeso del Atlético de Madrid. Ha llegado a asegurar que nunca irá al palco del Bernabéu. En esto, el nuevo presidente no debería emular a su antecesor. Las pasiones del jefe del Ejecutivo no son las de todo el mundo. Y cuando llueven los goles contrarios hay que seguir en el campo.

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