Compos - Espanyol, o lobos contra pericos


Madrid | La Voz

Lo más importante que hay que tener en cuenta a la hora de valorar a un entrenador es que este sea capaz de sacarle el máximo rendimiento posible a su plantilla. El proyecto del Compostela para esta temporada empezó a caminar con el objetivo de clasificarse entre los cuatro primeros, puestos que dan acceso al play off, pero con el paso de los jornadas y dado que los buenos resultados acompañaban, se ajustó con ambición a lograr el primer puesto, que otorga dos oportunidades para el ascenso.

Durante toda la temporada regular el Compos se cansó de dominar la posesión de la pelota ante la gran mayoría de sus rivales, especialmente en San Lázaro, ya que probablemente esta era la mejor fórmula para doblegar al contrario. Pero el sorteo de campeones le deparó al Compos la peor de las suertes; el coco que nadie quería: el Espanyol B. Se trata del filial de un equipo asentado en Primera de una zona muy poblada y con grandes recursos económicos, algo que siempre ayuda para atraer el talento. Manuel Castiñeiras, el padre deportivo de este equipo y una de las personas que más sabe de fútbol desde Primera hasta Preferente, advertía incluso antes de que saliera la bolita de que le gustaría evitar a los pericos. Se trata de un equipo que ganó su liga hace ya cosa de un mes, que cuenta con internacionales y que el año que viene, pase lo que pase, promocionará a varios de sus proyectos de futbolistas al fútbol profesional. Pero es que además su estilo de juego era el del Compostela: ganar dominando el balón.

Por eso, cuando los espanyolistas conocieron el rival, más allá de preocuparse por los nombres, lo primero que hicieron fue celebrar las enormes dimensiones del terreno de juego de San Lázaro, en donde se jugaría la ida, un escenario ideal para evitar encerronas y el fútbol de contacto.

Sin embargo en tan solo solo una semana Yago Iglesias ha demostrado su perfil de técnico de laboratorio y su valentía para transformar a una plantilla muy joven que lleva todo un año jugando a una cosa, cogerla por los pies, darle la vuelta y hacerle jugar a otra cosa completamente distinta. Aunque suene exagerado, como si al Barcelona de Xavi e Iniesta le hicieran jugar el último partido del año renunciando a la pelota. Y ahí estuvo el éxito de este encuentro de ida. No hubo goles en San Lázaro porque las defensa se impusieron, y por mucho, a los ataques. Los once jugadores del Compos defendieron como jabatos y asfixiaron a los pericos impidiéndoles que desarrollaran su juego. Apenas disfrutaron de dos oportunidades aisladas a lo largo de los 90 minutos.

El Compos demostró que había preparado este partido a conciencia. Tenía a su rival perfectamente estudiado, y le preparó una encerrona cada diez metros. Es posible, sobre todo al principio, que los locales no viesen casi ni la pelota, pero las superioridades en todas las zonas del campo evitaron que el Espanyol llevase peligro a la portería de Lucas. Eso se consigue estudiando mucho al rival en la previa, sí, pero también gracias al esfuerzo titánico de los futbolistas. Tiene que resultar complicado preparar mentalmente a jugadores tan talentosos como Tomás o Álex Ares de que toca sacrificarse como si fueran uno de esos laterales que poblaban el fútbol español a principios de los 90 que en sus botas no tenían nada más que compromiso.

El esfuerzo fue físico, por supuesto, porque para estar bien colocado siempre hay que correr mucho, pero también fue mental, porque el fútbol no es el atletismo, y no basta correr por correr, si no que hay que saber dónde. La ejecución de las coberturas fue una delicia. Si alguien salía de su sitio, llegaba un compañero a ocuparlo, si superaban a este, salía otro; pero especialmente la forma en la que se presionó la salida de la pelota del equipo rival. Como una manada de lobos. Hacerse el desinteresado en la presa hasta que alguien va a recibir un balón comprometido para salir aullando cuatro de golpe en busca del cuero. Y las líneas de atrás, ajustando espacios, para tapar el hueco abandonado por los de la primera línea. En definitiva, un ejercicio de coordinación para sacarse el sombrero. Y sí, esto también es fútbol.

A mayores, cada jugador sobre el campo interpretó a la perfección los momentos en los que había que cometer faltas. Siempre lejos del área, y siempre con la intensidad adecuada para asegurarse que se pararía el juego, pero sin recibir tarjeta.

Pudimos ver en San Lázaro a un Álvaro Casas descomunal. Los que estamos lejos y apenas hemos podido ir al fútbol este año, recibimos con sorpresa el fallo al mejor jugador de la temporada. Bastó el partido de este domingo para comprender que la afición compostelana entiende. Sencillamente, estuvo perfecto. Impecable. También estuvo majestuoso Tomás Abelleira, del que ya todos sabemos que si llegase a disfrutar entrenando estaría jugando en otros campos. De eso no hay duda.

Pero quizá la mejor noticia del partido estuvo en esas 4.000 personas que estuvieron este domingo en San Lázaro apoyando al equipo. Ojalá el próximo domingo se asalte el campo del Espayol y muchas de ellas puedan volver a engancharse al fútbol.

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