Ingobernable Ferguson

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La Premier contiene la respiración. La razón, Alex Ferguson. Después del adiós de Arsène Wenger, es el otro extremo del banquillo el que inquieta a los ingleses. Allí, a pesar de todas las pasiones, las leyendas van más allá de los colores. Se admira al escocés que logró refundar el Manchester United unas cuantas veces para colocarlo en la cima. No sin chocar con el vestuario, porque temperamento nunca le ha faltado. Un gobernante a ratos ingobernable. Llegó a lanzarle una bota a David Beckham. Con puntería, porque impactó en una de las cotizadas cejas del jugador. Hizo llorar a un joven Cristiano Ronaldo que aún estaba al principio de la escalera. Y, según The Guardian, no tenía ningún reparo en enrollar un periódico para simular que bateaba al redactor con su propio artículo.

Cuando el técnico llegó a A Coruña para jugar contra el Depor en la Liga de Campeones tropezó al bajarse del autobús. Casi se cayó. Aquel rostro colorado se levantó después de la torpeza y no hubo ni risa ni sonrisa de ninguno de sus futbolistas (por lo menos a la vista). Al día siguiente el Manchester perdió en Riazor. Beckam acabó el encuentro con una importante contusión debido a una dura entrada de Diego Tristán. Algunos quisieron calentar el partido de vuelta con aquel incidente. Pero Ferguson prefirió no alimentar fuego: «Fue un lance al final del partido. Sabemos que Tristán no es un futbolista violento». Se limitó a felicitar el trabajo de su rival, «un equipo del norte, como yo, que vengo de Escocia».

Juan Sebastián Verón fue uno de sus mayores problemas. Y Ryan Giggs su amor futbolístico. Suyo es el mejor retrato del jugador galés. «Recuerdo la primera vez que lo vi. Tenía 13 años y simplemente flotó sobre el suelo como un cocker spaniel persiguiendo un trozo de papel plateado en el viento». Ya solo por esa descripción merecería la atención de todo el planeta futbolístico. Como él mismo dijo tras la remontada histórica del Manchester ante el Bayern de Múnich en la final de la Champions (dos goles milagrosos en los dos últimos minutos de partido): «Football, bloody hell».

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