El adiós del revolucionario


«El único momento posible de felicidad es el presente. El pasado trae lamentos. Y el futuro, incertidumbres. Por eso el hombre tiene la religión. Le perdona lo que hizo mal en el pasado y le dice que no se preocupe por el futuro, porque irá al paraíso». La reflexión es del otro Arsenio del fútbol. Arsène Wenger. Ese perfecto desconocido que el Evening Standard recibió con un «¿Arsène qué?» y que abandona el Arsenal 22 años después. Llegó a un equipo de jugadores díscolos y fútbol insufrible. Un club antipático, de palidez perpetua ante los colores y la épica del Manchester United y el Liverpool. Aburrido a más no poder en el terreno de juego y trepidante fuera del campo. Cocaína, alcoholismo, detenciones, técnicos que lanzaban tazas de té a los futbolistas cuando se les aguaba el marcador... Wenger introdujo en el vestuario la dieta al margen de las salchichas y la cerveza y el juego más allá del blackjack. La energía, para los entrenamientos y no para los pubs o las carreras de coches. La cuestión es que a Arsène le gusta jugar. Y, aunque la frase suene a evidencia, no a todos los estrategas del balón les apetece eso, jugar. Él apostó por el ataque. Pero nunca dijo que el toque o las ocasiones amortiguaran las derrotas. Ni insinuó que la posesión disolviera la presión en el banquillo. «Si pierdes, andas de noche por tu casa sin rumbo», confesó. Se convirtió, tras 110 años de competición, en el primer entrenador nacido fuera de las islas británicas que conquistó la Premier. Abrió nuevos caminos. Sin él posiblemente entrenadores como Pep Guardiola y José Mourinho hubieran tardado más en desembarcar en Gran Bretaña. Ellos representan la inversión extranjera, el resultado del capitalismo futbolístico. Pero en los campos ingleses, la revolución francesa fue Wenger. El problema es que el paso del tiempo no hace excepciones ni con las revoluciones ni con los que las impulsan. Todo se desgasta, acaba perdiendo su brillo, dejando atrás incluso su intención. Pero hay que corregir al professeur. El pasado no solo trae lamentos. Allí viven los legados. Como el de Arsène Wenger. A pesar del presente.

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