Acoso y derribo

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Anda el madridismo herido y el antimadridismo, que existe, revuelto. Confieso que a estas alturas, casi una semana después de los acontecimientos, sigo envuelto en las mismas dudas que entonces. Ni siquiera las entusiastas y excesivas encuestas que han tratado de desentrañar lo sucedido lo han conseguido. A ciencia exacta, no se si Benatia apoyó sus manos con la suficiente intensidad como para volcar a Lucas Vázquez o si la pierna del defensa italiano casi atraviesa el codo del gallego o, por contra, si se desplomó al intuir la llegada del defensa juventino. ¿Penalti? Sin discusión para los madridistas; inexistente para el resto. Eso sí, al pipiolo Michael Oliver se le olvidó expulsar a Benatia y le faltó temple para entender el monumental cabreo del otrora sensato Buffon.

No existe acuerdo ni en el estamento arbitral ni en los aficionados, pero el entorno de Florentino Pérez ya ha dictado sentencia: «Nos persiguen, el madridismo acosado por una horda mediática que desea nuestro mal». Hasta Zidane, siempre prudente, se ha sumado a la corriente victimista: «Son los celos». Es decir, el mismo entorno que en su día patentó -no fue hace tanto tiempo, ¿lo recuerdan - aquello del villarato, esa conspiración que perseguía con saña al Madrid de la primera época de don Florentino, cree que incluso se pueden emprender acciones judiciales (tal cual) para defender su honor, mancillado por las palabras «robo, atraco, error...», en fin, calificativos excesivos, pero nada nuevo en el mundo del fútbol.

El presidente blanco, como la mayoría de sus homólogos, digiere mal las críticas, pero a diferencia de otros, a Florentino le cuesta admitir que no todos los aficionados (mortales, al fin) tengan entre sus preferencias otras opciones, quizá menos exquisitas, pero tan respetables como la suya. Al parecer, los dirigentes blancos entienden que su entidad sufre una brutal campaña de acoso y derribo, tan feroz que le ha permitido ganar 3 de las últimas 4 Champions, tener en sus filas a un futbolista con 5 balones de oro o dirigir un club con 700 millones de euros de presupuesto y millones de aficionados en todo el mundo.

Tan excesivo todo que he comenzado a interpretar que Lucas Vázquez cayó víctima del miedo escénico y del temor al error: ¡No fue penalti! Salvo que los tribunales le den la razón a Florentino.

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