Adiós al caballero Jim Clark

Un brutal accidente en Hockenheim se llevó al mejor piloto el momento antes del despegue comercial de la fórmula 1


«Si esto le puede pasar a Clark, ¿qué esperanza podemos tener los demás?». Se lo preguntaba el neozelandés Chris Amon, piloto de Ferrari, que pasará a la historia como uno de los mejores, pero que nunca pudo puntuar. Su fama de cenizo le trascendía. «Si fuese un enterrador, la gente dejaría de morir», decían de él. Pero, ¿quién era ese Clark del que hablaba Amon?

Era Jim Clark, apodado el gentleman (caballero) del automovilismo. El ídolo amable del Gran Circo antes de que fuese el circo que es hoy en día. Antes de Clark, los bólidos eran barriles con ruedas. Tras él, los alerones y los patrocinadores que echaban más humo que los propios coches. Y lo que le pasó a Clark, escocés de Kilmany y nacido en 1936, es que encontró la muerte tal día como hoy de hace medio siglo en pleno circuito de Hockenheim, en plena carrera de fórmula 2, bajo una leve llovizna.

En 1968, los circuitos no eran como ahora, los accidentes tampoco. La pérdida de presión en uno de los neumáticos traseros de su Lotus Cosworth 48 le hizo perder el control de su ya inestable montura y le envió a 270 kilómetros por hora directamente contra los árboles que flanqueaban el trazado. El coche quedó seccionado en tres partes y las piezas, diseminadas en trescientos metros a la redonda.

En aquel momento, el escocés volador era el mejor piloto. Estaba marcando una época, tras haberse adjudicado los Mundiales de fórmula 1 de 1963 y 1965, año en el que también ganó las 500 millas de Indianápolis. No es que en el momento de su muerte, Jim Clark se resistiese a los aires de renovación de la máxima categoría del automovilismo, es que ni se sospechaban. Fue justo tras su accidente en 1968, el año en que cambió el mundo, cuando la fórmula 1 también decidió dar un salto hacia lo que es actualmente.

El gentleman del volante todavía pertenecía a esa clase de pilotos que explotaban sus cualidades innatas. Era todo talento, muy por encima de sus conocimientos mecánicos. Con su elegante estilo depurado y su temeridad, también fuera de competición, fue el más veloz durante buena parte de la historia, en todo tipo de vehículos y modalidades.

Clark simboliza el germen de la evolución hacia el Gran Circo, con los motores montados tras el piloto, la marcas de tabaco por doquier, las retransmisiones televisivas, los coloridos monos y las incipientes medidas de seguridad (hasta ese 1968, prácticamente inexistentes). Los circuitos se reconocían a pie.

El escocés educado, compañero de Graham Hill en el equipo de Chapman, vivía el automovilismo de un modo antagónico a los ídolos actuales, aunque gozaba de la misma popularidad. Siempre lo tomó como un pasatiempo, por detrás de cuidar su granja o la fotografía deportiva. Lo resumió perfectamente The Guardian en su obituario: «Un granjero escocés de 32 años, con dos campeonatos del mundo, y 25 Grandes Premios».

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