La anomalía del genial Jon Rahm

Tiene a tiro el número 1 en Augusta, donde su entrenador ve clave el juego corto para que plasme también su increíble regularidad en los «grand slams»

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REDACCIÓN / LA VOZ

Todo cuanto rodea a Jon Rahm resulta extraordinario. Precocidad, carácter, talento... Y en sus casi dos años de asombrosa irrupción como profesional también describe una anomalía. Si el Masters de Augusta le sonríe, puede convertirse el domingo en el número uno del ránking mundial de golf con 23 años, cuatro meses y 28 días, pero necesita corregir una paradoja en su portentosa irrupción en el star system de este deporte. Su sorprendente regularidad desde que era un novato -17 de sus 43 torneos entre los diez primeros- chirría en los grand slams, con un vigésimo tercer puesto en el US Open del 2016, cuando aún era amateur, como mejor resultado.

Eduardo Celles, su entrenador desde que era un crío, relativiza la paradoja, «porque ya el año pasado tuvo un comienzo muy bueno en Augusta [donde empataba en la sexta plaza después de la segunda jornada], y además, pese a lo que parece un cierto bajón en las últimas semanas, sus resultados siguen siendo muy buenos». Bendito bache al caer del segundo al tercer lugar de la clasificación mundial, solo por detrás de Dustin Johnson y Justin Thomas. Para el profesor al que el jugador vasco recurre cuando su swing se atasca, la clave en el Masters que empieza mañana (Movistar Golf, 21.00 h.), radica, claro, en el juego corto.

 «Va a ser una de las claves. Necesita el approach, el juego alrededor del green, los golpes de recuperación. En eso ha estado trabajando mucho en los últimos meses», explica Celles. El consejo, en Augusta, podría valer para cualquiera, es cierto, pero cobra especial significado para Rahm. Porque su swing recortado tiene distancia más que suficiente para ser uno de los pocos jugadores que tenga segundos tiros interesantes a las pequeñas plataformas en las que se ubican las banderas en el Masters, donde defiende el título Sergio García.

Ambicioso y directo, Rahm llegó el año pasado a su primer Masters después de cuatro torneos entre los diez mejores. Pero había competido en las dos semanas previas a Augusta. Ahora apenas a disputado dos torneos en las siete últimas semanas. Prefiere llegar fresco a nivel físico y mental. Después del Mundial match play -un ínfimo borrón después de 21 de sus 24 anteriores rondas bajo par- se encerró en casa de su cadi, Adam Hayes, consciente de que la estrategia resulta clave en el Masters. Por eso, los días previos al primer grand slam del año se pegó a Wesley Bryan, uno de los jugadores con los que mejor relación mantiene en el circuito y a su cadi, William Lanier, criado en Augusta, para escuchar sus consejos sobre un campo tan majestuoso en apariencia como enrevesado como un jeroglífico al jugarlo.

Un triunfo en Augusta completaría los estruendosos dos primeros años de Rahm como profesional. Para redondear la hazaña con el número uno necesitaría, además, que Dustin Johnson no figure entre los ocho mejores ni Justin Thomas entre los tres primeros.

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