Ultras, los de enfrente


Periódicamente, el fútbol ofrece una tragedia que es un borbotón de un hervor más profundo, de un problema no resuelto: los ultras. Y con ellos sucede algo parecido a lo que ocurre con los tiroteos en Estados Unidos. Unos días de conmoción y de luto (¿cómo ha sido posible?), una semana de debate y unos meses de olvido hasta el nuevo altercado. Porque los grupos violentos continúan ahí, enquistados alrededor del balón. Cada uno vende su moto pintando la carrocería de diferentes colores. Muchos se las dan de patriotas, aunque defienden terruños de distinto tamaño, unos del área grande y otros del área pequeña. Los hay de corte paramilitar, fascistas de verdad (porque hoy en día le cuelgan esa etiqueta a cualquier despistado que no devuelva el saludo por la calle). Y están también los que venden su internacionalismo obrero apuntándose de forma altruista a batallas campales organizadas. Vivimos en el reino de lo políticamente correcto, en el que cualquier gesto o palabra se interpretan como una ofensa intolerable. Pero el fútbol juega otra Liga. El paraguas protector lo ofrecen seguidores que no caen en esos extremos pero que ven en esos chicos animosos con los que comparten equipo una especie de camaradas, de hermanos de escudo y camiseta: «¿Ultras? Los de enfrente. Los nuestros no, por Dios, que son los buenos». Quizás esta entrañable solidaridad debería aplicarse también en ciertos castigos. Los que se suben al mismo barco que los violentos, aunque permanezcan a cubierto, deberían participar también de sus naufragios. Al aficionado de a pie, aquel que sabe que la vida propia y ajena siempre valdrá más que cualquier partido, le irán dejando de hacer gracia esos traviesos muchachos de la grada de al lado si excluyen a su club de una competición por sus diabluras o si el próximo encuentro se juega a puerta cerrada. Pero no hay que disgustar el personal. Y los estadios vacíos dan mal en la tele. El Mundial de Rusia está a la vuelta de la esquina. Ojalá que no haya que preguntarse allí también por enésima vez cómo es posible que el fútbol se haya convertido en una guerra. La respuesta volverá a ser la misma. Los ultras.

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