Marco Asensio, cuando hacía falta

La entrada al campo del mallorquín resolvió a favor del Real Madrid un partido de área a área en el que las estrellas pesaron menos que los secundarios

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«Adoro a Lo Celso». El expresidente Sarkozy vivió ayer en el palco del Bernabéu una experiencia traumática, de esas que llevan a perder la fe. Emery sacó al césped al argentino que idolatra el dignatario galo y el partido empezó a ganarlo el Madrid en un terreno de apariencia banal para un duelo semejante, en el que la mayoría de estrellas se agrupaban en torno al área, pero que resultó decisivo. Por Lo Celso y por quien apareció después.

El centrocampista al que recurrió el PSG para echar el cerrojo en la medular había tenido tiempo y partidos de sobra para probarse en la plaza, de cuyo titular, Motta, solo puede ocuparse cuando se lo permiten los achaques de la edad. Pero pasar de un discreto rodaje en el campeonato galo a un cruce de Champions en el Bernabéu supone someterse al vértigo de un acelerón de cero a cien que a Lo Celso le produjo algo más que cosquillas en el estómago. Tardó un par de veces dos segundos de más. Y eso bastó. En una cita jugada al toque, en la que la zaga francesa tonteó constantemente con la pérdida de balón para incitar al Madrid a abrirse y dejar espacios, cualquier distracción podía resultar tan fatal como esa del argentino que le obligó a hacer falta al borde del área y le cargó con la primera amarilla, y aquella otra que desembocó en agarrón a Kroos, penalti para un empate y aviso de expulsión.

Todo lo demás en el primer tiempo fueron números circenses para entretener al personal: vistosos eslalon de Neymar, poses clásicas de Cristiano, embestidas desatinadas de MBappé... Nada de Benzemá o Cavani, que desaparecieron por la puerta de atrás. Se atascaron las millonarias delanteras ?es cierto, CR7 chutó un penalti y tropezó con un rechace del portero?, sometida la local por un fantástico Marquinhos y un soberbio Yuri. Saboteada la visitante por el egoísmo, el error y la bota y la mano de Ramos, que salvaron cada una un gol. Emergió Rabiot, extraordinario, y se hundió Lo Celso, a quien tampoco ayudó un Verratti en su peor versión.

En cuanto el señuelo causó efecto e hizo mella el cansancio propio de seguir la bolita, el PSG pareció mandar. A partir de la hora de encuentro la lógica dictaba el 1-2. Pero se jugaba en casa del campeón. Zidane aligeró de músculo el centro del campo, por donde el balón pasaba fugaz, y lo llenó de Asensio. Un primor. El Madrid se convirtió en un equipo tan ligero como el rival. Si hasta entonces Marcelo había sido casi todo lo bonito de los blancos (maravillosa su asistencia a Cristiano para el pelotazo a Areolá), del banquillo le brotó un amigo. Un socio para diez minutos. Todos los que tuvo el mallorquín. Le sobró con seis.

Lucas Vázquez saltó con él a estirar la cancha por la derecha para que todo se decidiera del otro lado, donde el chaval del 20 a la espalda tiró la carambola del 2-1 y se entendió con Marcelo para llegar a tres. Hasta ahí aguantó Lo Celso, lo justo para ver de cerca a Asensio. Puestos a adorar a alguien, mejor a él.

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