No volveré a hablar de Piqué

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Van a ser las primeras y últimas palabras que escriba sobre el que, probablemente, sea el mejor defensa central de la última década. Bueno, al menos lo voy a intentar, que los caminos del periodismo son inescrutables. He de reconocer que el Espanyol de Barcelona me provoca simpatía, bastante más de la que me provoca Piqué con el que mantengo un conflicto interno sin resolver.

Me gusta el Espanyol porque crecí viendo a Galca, a Pochettino, a Tamudo, a Bogdanovic, a Lardín, a Arteaga y a Pralija. Ninguno de ellos se va a colar en el monte Olimpo del balompié, pero es recordar a aquel rumano de nombre Constantin pegándole a la pelota desde el borde del área y me entra una nostalgia irremediable. No sé el porqué. Insisto, el Espanyol ni me va, ni me viene. Será, supongo, porque cuando la hierba aún crecía en Sarriá yo apenas llegaba a la decena de años y que con las cosas que huelen a infancia y a educación primaria uno se pone más sensible.

Los cánticos que se atribuyen a la grada de Cornellá-El Prat de contenido homófobo, xenófobo, machista e intolerante sobrepasan cualquier límite. Que metan a la pareja de Piqué en la ecuación y que utilicen a un jugador negro de su propia plantilla para hacer la gracia da cuenta de que su nivel de razonamiento es paupérrimo. Piqué puede contar conmigo en esto. Algún día los echarán de esa grada y seremos todos un poco más felices. Lo del mal necesario ya cansa y el argumento de que «es que son los que animan» se queda un poco pobre. Confiemos en aplicar a la inversa ese principio foucaultiano y que, si algunos siguen considerando «normal» estos insultos, dentro de no mucho los vean atroces. ¿Imposible?, bueno, lo mismo decían de la ley antitabaco.

Con los años, mi proceso de empatización con el aficionado perico continuó. Pese a estar siempre a la sombra de un gigante, de uno de los mejores equipos del mundo, creo que el aficionado perico sabe disfrutar y sufrir más del fútbol. Lo dijo en su día Enric González, espanyolista antes que periodista, sobre la afición del Barça: «pueden sentirse tristes, pero jamás han experimentado el auténtico vacío existencial de quienes sospechan, con bastante fundamento, que su dios se ha largado para siempre».

Si estuviese en la capital catalana el día que se jugase la última jornada de liga y hubiese dos fiestas: la de salvación in extremis de los blanquiazules y la del título liguero culé, no tendría dudas de en cuál me lo pasaría mejor.

Por eso me duele la actitud de Piqué. Que vaya, solo faltaba que no se sintiese herido e indignado por los insultos, pero es que cuando escuché sus declaraciones apelando al Espanyol como «Espanyol de Cornellá» no pude evitar pronunciar un «tío... ¿en serio?». Sé que es una provocación y que uno está caliente, pero es un tipo inteligente y tiene que saber estar a la altura. Más que nada porque esas declaraciones desprenden un ligero olor a localismo étnico y a creerse superior y eso no está bien. No está bien Gerard.

Creo sinceramente que Piqué es una buena persona y que si lo conociese me caería bien. Si tengo que imaginar a Piqué lo visualizo sonriendo. Es un razonamiento poco científico pero me gusta la gente que sonríe. No obstante, despreciar así a un club que, cuando él nació, caminaba hacia una cruel derrota en la copa de la UEFA ante el Leverkusen, sobra. Y por ser justos, el Espanyol bien se podría haber ahorrado el intento de provocación recordando su segundo apellido: Bernabeu. Y digo intento porque me pongo en su lugar y no puede haber nada que me ofenda menos que que me recuerden mi apellido materno. Fuese cual fuese.

Y ya que se han mezclado futbol y filosofía Piqué debería preguntarse, si como decía Maquiavelo, el fin justifica los medios. Tal vez quiera ser presidente del Barcelona algún día y no dudo que lo conseguirá si sigue así. Supongo que habrá a quien le importe el cómo y a quien no. Yo, en este caso, prefiero a Kant y hacer del «trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti» mi imperativo categórico. Creo que me lo enseñó mi madre.

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