La crisis del Dépor es grave

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El Deportivo atraviesa un momento delicadísimo a nivel deportivo. Con el equipo acomodado en la zona de descenso desde hace más de un mes, un vestuario que emite señales de falta de unión, como el propio Albentosa reconoció en estas páginas, y un consejo de administración al ralentí. El club lleva casi cuatro meses sin responsable de la parcela deportiva desde la renuncia de Fernando Vidal. Y la marcha de Richard Barral, tan modélica en las formas como incomprensible en pleno mercado de fichajes, aumenta la sensación de que falta determinación. Una situación que termina en el desastre del segundo tiempo del Bernabéu, donde los jugadores penaron sin alma ni acierto hasta llevarse siete goles que casi pudieron ser una decena. Cristóbal termina juntando a dos fabrilistas en el campo del Madrid, al mismo tiempo que ejerce su papel de apagafuegos con responsabilidad en medio del fiasco. En la plantilla nadie asume la situación límite. Siempre hay otro partido dentro de siete días al que fiar la reacción que nunca llega. Y a final, de tanta elegancia y tranquilidad en todas las instancias del club, se terminan retroalimentando la autocomplacencia, la poca exigencia, las excusas... Como si los puestos de descenso fuesen lo normal. Y ya no lo son, no con el decimotercer tope salarial de Primera.

El liderazgo tranquilo de Tino Fernández, acertado en las decisiones estratégicas que permitieron la supervivencia del club y le dieron un orden interno del que carecía con la oscura etapa anterior, se encuentra ahora a prueba por una crisis deportiva cuya gravedad nadie parece terminar de interiorizar. El presidente busca todavía el rumbo adecuado en todo lo que rodea a la primera plantilla.

Y es ahí, en el rendimiento del equipo, donde ahora se la juega el Deportivo. Comenzó el baile de fichajes, cuya responsabilidad se atribuye de forma genérica a la descabezada «dirección deportiva». Y, aún dentro del exigente corsé financiero al que se someten las decisiones del club, a la afición le cuesta ilusionarse con las primeras llegadas de enero. Riazor parece aguantar todo, con una afición que resiste a una situación que en los cuatro últimas temporadas apenas dio la alegría del ascenso, el alivio de no revivir el drama de los recientes descensos a Segunda y poco más. Pero el desencanto crece y solo una mejoría verdadera y el acierto con el rumbo deportivo de una vez por todas pueden devolver la esperanza.

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