No hay honor para Neymar, egoísta y tramposo


El balón quiere a Neymar, pero el escándalo no le abandona. Ni siquiera ahora que el PSG vuela a ritmo de goleada. Encarna todo los vicios de ese fenómeno que se ha bautizado como fútbol moderno. El egoísmo en el campo y en los gestos, los regates a Hacienda, el fraude, el postureo... Colmado de dinero, sospechoso para la grada.

Al mismo tiempo que su propia afición silbaba el miércoles al último mesías del álbum de cromos del jeque Nasser Al-Khelaifi, El Mundo avanzó que su padre había entregado una documentación que eleva a más de 200 millones brutos el precio de su llegada al Barça. Ni 57 millones, como dijo Rosell, ni 86, como corrigió luego el club. Un laberinto de contratos para engañar a los propietarios de sus derechos. Luego Neymar engañó al Barça hasta marcharse a la carrera, y ahora Florentino Pérez deja correr una posible jugada para birlárselo al PSG.

La grada del Parque de los Príncipes desconfía de un jugador con mucha consola y poco sentimiento. Por eso el brasileño escuchó el miércoles los pitos y se largó enfadado. No bastaron ni cuatro goles y dos asistencias en el plácido 8-0 ante el Dijon. Para marcar ese último tanto se hizo el sordo. Su afición pedía que su preferido, Cavani, marcase el penalti que él mismo había provocado. El trámite le daría el gol número 157 con el club. Más que nadie, superando a Ibrahimovic. Otra vez los penaltis, como cuando se pelearon en septiembre. Ahora se alternan y la grada vio miserable que el brasileño se aferrase al turno sin un guiño para Cavani. No hay honor para Neymar.

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