Las ventanas de la discordia


En el baloncesto europeo no rige aquello de dos no se pegan si uno no quiere. La FIBA y la Euroliga andan a piñazos por el deseo de unos y otros, un pulso en busca del macho alfa que persigue destrozar al enemigo y en el que los perjudicados, además de una afición desconcertada, son los jugadores. La FIBA ha dispuesto que el 24 y el 26 de este mes se disputen las dos primeras jornadas de la fase de clasificación para el Mundial de China del 2019, coincidiendo con una jornada de la Euroliga.

Unos y otros esperan la primera ventana sin saber lo que sucederá. Un sistema de clasificación a imagen del fútbol que ofrecerá realidades tan sonrojantes como el 42-92 del Bulgaria-España femenino del sábado, además de imposibilitar que las selecciones dispongan de sus jugadores NBA. Aunque, en el fondo, no se trata tanto de modificar la competición como de combatir el creciente poder de la Euroliga, de poner una china en el camino de una organización privada, de retrasar la instalación en Europa de un modelo similar al de la NBA.

No deja de ser paradójico que los clubes más poderosos de Europa se monten su propio club al que no se puede acceder en condiciones de igualdad, con el que condicionan los calendarios de las competiciones nacionales y que les garantiza una fuente de ingresos adicional. Una Champions League en la que 11 de los 16 participantes se han garantizado su participación durante 10 años. Si lo que pretenden los grandes clubes europeos es caminar hacia una competición absolutamente privada, sería más honesto decirlo abiertamente y dar el paso de renunciar definitivamente a las ligas domésticas. Nada de eso, los poderosos abren una brecha cada vez mayor con el resto y se benefician de una competición de altura para hacerse también con las migajas de los torneos nacionales.

En vez del diálogo o de buscarle las cosquillas a un torneo que como mínimo roza lo ilegal, la FIBA ha optado por la pataleta, por colocar a los jugadores en la incómoda posición de acudir a la llamada de la selección -obligatorio- o hacer caso a sus clubes. Un episodio más de lo que Messina definió como un «brillante concurso de cerebros», en el que no deciden ni los jugadores ni los entrenadores. Tampoco los aficionados.

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