Rodrigo Germade: «De niño soñaba con ser Jacques Cousteau»

Proyecto de abogado, sintió miedo en su primer día en piragua y dudó en retirarse después de Río


El agua marca el pulso de Rodrigo Germade (Cangas, 1990). Por su origen, su trabajo, sus sueños... Aunque entrena en Madrid desde hace una década. El esfuerzo se lo recompensó el título de campeón del Mundo de K2 500 el pasado agosto. Proyecto de abogado, recuerda nítida la escena de su primer día sobre una piragua, cuando tenía «7 u 8 años». «Tengo la imagen en la rampa del puerto de Cangas. Allí, al ser el acceso más fácil, era donde subían a los niños en los kayaks. Lo normal era caerse e ir nadando de vuelta. Tengo la imagen de ir alejándome, ver el agua cada vez más oscura y sentir miedo».

-Pero no se bajó más.

-No. La primera experiencia no fue la leche. Me agradó y repetí. Me gusta intentar algo hasta que me sale bien; soy obsesivo. Como aprender a andar bien en bici: te caes y sigues hasta conseguirlo. «Mientras no vaya hasta donde llegan los mayores no lo voy a dejar». Mi objetivo era dominar la piragua, disfrutar y pasear por el muelle. Al principio volcaba todos los días. Lo natural si eres pequeño.

-¿Cuándo empieza a ver que es mejor que el resto?

-A partir de alevín. Un entrenador me quiso enganchar y con 10 años me llevaba a competiciones de niños mayores de forma ilegal, con la ficha de otro de más edad, para poder competir. Ahí vi que le ganaba a muchos chavales mayores y me enganché.

-Luego tuvo que decantarse ya por el piragüismo.

-Con 13 años. Jugaba al fútbol en el Alondras, era del Breogán de O Grove y entrenaba en Aldán. Tuve que decidir dónde podía estudiar y entrenar mejor. Pontevedra me daba más calidad en los entrenamientos y era más exigente. Pasé allí dos años de cadete y ya me fui a Madrid, hasta hoy.

-De niño, ¿tenía ídolos?

-Una persona que me hizo soñar despierto fue Jacques Cousteau. Veía sus documentales después de comer y me imaginaba mi cama como un barco y el suelo como el mar. Y buceaba... Quería ser como él, durante muchos años. Luego vas cambiando. Aunque mi gran afición es el buceo.

-¿En qué le cambió el título mundial?

-En nada. Estoy muy contento por lograrlo. Pero, más que con el oro, me quedo con lo que sentí ese día, antes, durante y después de la carrera. Eso es para mí. Es mi premio.

-Algún patrocinador habrá conseguido.

-Contaré con la UCAM, que me ofrece palear por su club y una beca académica (para seguir con Derecho).

-Con 27 años, sigue en la residencia Joaquín Blume, ¿no se hace raro?

-La residencia es un lujo y por sus comodidades, tienes de todo. Es verdad que cansa un poco, pero los mayores tenemos otra libertad diferente a la de los chavales. Lo malo es que los piragüistas entrenamos en una pista a 70 kilómetros de Madrid.

-Llegó a pensar en retirarse después del quinto puesto en Río.

-Es que fueron cuatro años muy duros, sobre todo los dos últimos. Los Juegos me dejaron mal. Logramos el mejor resultado de un K4 1.000 español en más de 20 años, pero yo esperaba otra cosa, no me gustó como competimos. Sentía que ya había terminado mi carrera, estaba desmotivado y solo pensaba en hacer vida normal.

-¿Cómo le convencieron para no abandonar?

-Me traje todo de Madrid, las piraguas y todo. Primero mi familia me dijo en casa que lo pensara con calma. Y fui haciendo pactos con mi entrenador (Luis Brasero). Al principio me dijo que estaría dos meses en casa y luego me llamaría. Después, cuando ya se sabía que la prueba olímpica pasaba a ser el K4 500, que me iba mejor, me convenció e hicimos otro trato. Yo entrenaría tranquilo en Cangas hasta enero, hasta donde me diese la cabeza, y entonces me iría a Madrid hasta mayo. Solo si me clasificaba para el Mundial seguiría en el piragüismo. Y luego cayó hasta el oro.

-Y además quiere ser abogado.

-Sí, a veces pienso en cómo habría sido todo si no me hubiese dedicado al piragüismo, pero aposté mucho por esto. Del piragüismo no se vive, pero quiero triunfar después de tanto esfuerzo.

-¿En qué rama del Derecho se ve?

-No sé. Tengo la idea del derecho financiero, porque me gusta la economía y ese mundo.

-Decía que el piragüismo no da para vivir, ¿qué beca tenía antes de los Juegos?

-Teníamos la beca ADO por el sexto puesto del Mundial, unos 26.000 euros. No está mal si lo puedes ahorrar, y a nuestra edad. Pero no resuelves la vida.

Germade llegó hace unas semanas de un viaje a Baili con su compañero en el K4 500 Cristian Toro. Dejó estampas espectaculares en las redes sociales. «Yo cancelé otro viaje a Cuba por los huracanes, surgió esa opción y fuimos juntos. Tenemos una buena relación».

-Dígame un país que le haya impactado.

-Japón, sin duda. Hice un viaje casi sin planear, hablando con el hermano de mi novia. Allí es todo diferente y al volver tenía como morriña de allí. Por la gente, tan amable, educada, respetuosa. La limpieza es alucinante, en los baños públicos, en las duchas del metro... Un día entré en un banco a tirar una lata y un anciano me corrigió porque no la había dejado en el cubo adecuado, para reciclar envases.

-Tiene que ir a Tokio 2020.

-Sí (ríe), cuando fui de viaje lo primero que vi al coger las maletas fue una foto de los Juegos. Aunque era el 2015 y aún no me planteaba ir.

-¿Qué hacía en los Juegos de Río antes de dormir?

-Veíamos la serie The Last Kingdom. Mi preferida es Peaky Blinders, sobre una familia mafiosa, real, tras el fin de la primera Guerra Mundial.

-¿Qué música escucha?

-De todo: Pearl Jam, Red Hot, Nirvana, Bob Marley.

-Un libro.

-Me gustó mucho El puente de los suspiros, de Richard Russo, y también Legión, de William Peter Blatty.

-Una película.

-Muchas. El Patriota, Braveheart...

-Un sitio para perderse.

-Me gusta ir al Monte do Facho y Cabo Home, ver la puesta de sol desde allí y bajar luego caminando.

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