El monstruo del vestuario


Pasan los siglos y sigue echándose en falta a Shakespeare. Él bautizó los celos como el monstruo de los ojos verdes, ese engendro que juega y se divierte con su presa antes de devorarla. No vendría mal que el genio concretara de qué color tiene los ojos el monstruo del vestuario de fútbol. Se trata del ego. Esa estrella que, con su actitud, lanza un mensaje a sus compañeros y aficionados: «Deberías estar eternamente agradecido, porque he fichado por tu equipo, amigo. Yo, que podría jugar en cualquier lugar del mundo. Yo». Y luego pasa lo que pasa. Como Neymar con Cavani. Neymar, que costó un mundo, pero que, de momento, no es Messi, ni Cristiano, ni lo que fue Zidane. Romario, que vivía como vivía, con el «si no salgo, no marco» por bandera, estaría en disposición de darle lecciones a Ney sobre cómo manejarse en el área. Ronaldinho podría contarle cómo imaginar jugadas inimaginables y también cómo funciona eso del suicidio deportivo.

En los campos de fútbol, el ego ha sido la fosa común de un buen número de talentos. «No hay nada que mirar en una Copa del Mundo sin mí», llegó a decir Ibrahimovic después de que Suecia quedara eliminada en una repesca del Mundial. Zlatan marca goles increíbles y se ha adjudicado tropecientas Ligas, pero con grandes clubes cuya obligación era ganarlas.

Hay jugadores con pies para subir al Olimpo pero que acaban en la cofradía de la santa intermitencia. «¿Te acuerdas de aquel sombrero? ¡Qué buena la lambretta del 99!». Caviar de racionamiento. Sí, le pusieron salsa al fútbol, pero podrían haber sido la carne en el asador.

Neymar ha pedido disculpas por su encontronazo con Cavani. Seguramente triunfará en la Liga francesa. Celebrará sus logros en Las Vegas y en Bougival, el exclusivo distrito parisino en el que vive con su troupe con seguridad digna de «jefe de estado», según Paris Match. Conseguirá más dinero, más seguidores en las redes y más camisetas en los escaparates. Todo bien, gracias.

Afortunadamente, el fútbol es también el reino de la excepción. Un buen día, hace años, un jugador que fue convocado por la selección española dijo a sus compañeros de equipo: «¡Cómo estará España que acaban de llamarme a mí!». Acabó siendo campeón del mundo y de la Eurocopa.

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