Nadal imparte cátedra en Nueva York

Su inteligencia táctica tumbó a Del Potro y persigue frente a Anderson su tercer US Open


«Todo fue mérito de él. Lo fue haciendo durante todo el torneo, con todos: al final termina pasándote por encima». El US Open de Rafa Nadal lo resume con tanta resignación como sencillez Juan Martín del Potro. Como en un viaje al pasado, no hay ahora mismo un tenista como el mallorquín, que emergió tras un inicio delicado para ganar al gigante argentino por 4-6, 6-0, 6-3 y 6-2 en la penúltima ronda. Hoy en la final (Eurosport, 22.00) le espera un rival de similar corte, larguirucho, sacador, agresivo, pero de palmarés breve, virgen todavía en una final de un grand slam. Kevin Anderson se ganó el derecho a soñar gracias a otra remontada, ante el asturiano Pablo Carreño, por 4-6, 7-5, 6-3 y 6-4.

Siempre tuvo clarividencia para leer los partidos, en gran medida enseñado, como en tantas otras cosas, por el inteligente tío Toni. Pero ahora Nadal, a los 31 años, añade la sabiduría que le dan los años. Por eso, después de que una descomunal derecha paralela del argentino sellase el primer set, aplicó un cambio. El plan inicial, cargar el juego sobre el revés del rival, era demasiado previsible. Prefirió entonces mover a un Del Potro grande, pero pesado, fatigado por sus largos compromisos anteriores frente a Sam Querrey y Roger Federer.

Empezó otro partido con un dictador sobre la pista. La confianza de esa remontada impulsa a Nadal ante un rival que carece de todo lo que a él le sobra. Ambos con 31 años, Nadal persigue su tercera victoria en Nueva York (2010 y 2013) y lleva 15 grand slams en 22 finales, frente a los tres solitarios títulos en toda la carrera de un Anderson que solo había llegado a cuartos del US Open una vez.

Cuatro veces se cruzaron y siempre ganó Nadal, tanto en la tierra de Barcelona como en la pista cubierta de París Bercy o el cemento de Melbourne y Canadá. En cancha dura, su superficie más desfavorable, lleva el mallorquín sin ganar un título desde que triunfó en Doha 2014. Pura anécdota ahora mismo. «Nadal es uno de los mayores competidores de la historia del deporte, un luchador increíble», le elogia Anderson, trigésimo segundo jugador mundial, con tres títulos menores en su palmarés (Johannesburgo 2011, Delray Beach 2012 y Winston Salem 2015).

El tormento de las lesiones emparenta a uno y otro. Anderson encadenó en los últimos años molestias en la cadera, pierna, codo, tobillo, ingle, rodilla, hombro... Su tenis de ataque y su planta interminable de 202 centímetros animan a Nadal a repetir hoy estrategia, «un poco similar a lo que hice con Del Potro», reconoce. Enfrente tiene a Anderson y al fondo siempre mira a Federer. De niño porque era su ídolo; luego porque se convirtió en su enemigo íntimo, y ahora porque con él pelea por tener el mejor palmarés de todos los tiempos. Un triunfo le daría su decimosexto grande, de nuevo a tan solo tres de distancia respecto al maestro. Hay partido. Pero vuelve a empezar esta noche en Nueva York.

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