Presidente eterno, sospechoso habitual

El fútbol español no había conocido otro presidente desde 1988. Ahora, la justicia parece haberle acorralado


redacción / la voz

El honrado, humilde, familiar y cercano Ángel María Villar tenía truco. Veintinueve años después de su desembarco en la Federación Española de Fútbol, la justicia parece a punto de poner fin a un octavo mandato, apenas recién iniciado. A Miguel Cardenal, el presidente del CSD que empeñó su prestigio en limpiar los despachos, probablemente le costó la continuidad poner en marcha los mecanismos que, esta vez sí, están a punto de poner fecha de caducidad a quien no parecía tenerla, al ya no tan eterno presidente del fútbol español. A un superviviente aferrado a los invisibles hilos del intercambio de favores.

Y es que resulta imposible imaginar a Ángel María Villar (Bilbao, 21 de enero de 1950) en otra actividad que no sea la de presidir la Federación Española de Fútbol. En realidad, es lo que ha hecho durante los últimos 29 años y lo que pretendía seguir haciendo, como mínimo, en los próximos cuatro. Villar no siempre fue el burócrata que rehúye a los periodistas o se refugia en el búnker que él mismo ha fabricado, ni siquiera el escurridizo gestor que, pese a haber desarrollado toda su vida en las cercanías del balompié, exhibe sin pudor sus evidentes problemas de dicción con vocablos tan habituales como fútbol o árbitro.

Villar también fue futbolista. Durante once campañas (de 1970 a 1981) perteneció a la primera plantilla del Athletic de Bilbao. Un puñetazo a Cruyff durante un Athletic-Barcelona y 22 internacionalidades fueron lo más relevante de un centrocampista esforzado y tenaz, pero de talento limitado. Más pugnaz que brillante, como en los despachos. Un superviviente.

Plantó sus estudios de Químicas para licenciarse en Derecho por la Universidad de Deusto, e incluso ejerció como abogado hasta que ligó su futuro definitivamente a los despachos de fútbol. Primero, como miembro fundador de la Asociación de futbolistas Españoles (1978), de la que fue vicepresidente, después como presidente de la territorial vizcaína (hasta 1986) y, por último, y en una ascensión meteórica, a la presidencia de la federación española (1988), en sustitución de José Luis Roca. Desde entonces, el fútbol español no ha conocido a otro presidente. Una tras otra, ha sido reelegido en las ocho ocasiones en las que ha optado de nuevo al cargo.

El mundo del fútbol se mueve por un intercambio de favores que Villar ha sabido entender, un complejo entramado de relaciones que le llevó a acumular cargos y poder. Pese la competencia, el poder y la rivalidad con la Liga de Fútbol Profesional, desde la federación se controlan los resortes para perpetuarse en el cargo. De ahí que la contestación a su gestión sea menor en el fútbol mismo que en el entorno.

Pese a sus problemas con la administración y a su, aparente, torpeza pública, Villar resistió a la oposición que le planteó el que fuera su secretario general, Jorge Pérez, y a un Javier Tebas empeñado en cambiar los modos del fútbol español. Incluso se permitió denunciar ante la FIFA las «injerencias políticas», lo que podría haber acarreado al fútbol español graves consecuencias. Nunca le importó cuando de lo que se trataba era de sobrevivir. Quizá porque, según algunas estimaciones, sus ingresos mensuales -federación, UEFA y FIFA-, en muchos momentos llegaron a alcanzar el medio millón de euros, gratificaciones, desplazamientos y gastos pagados aparte. Unos emolumentos tan suculentos como para defender en público que «el fútbol ha funcionado sin leyes». E incluso, en muchas ocasiones, estar por encima de ellas. Además de acumular un patrimonio que incluye 3 dúplex, 4 pisos, 2 chalés, una casa y varias fincas.

«O Villar es muy listo, o es muy tonto». Así de rotundo se mostraba Javier Tebas cuando el presidente de la federación salió indemne del escándalo de corrupción que acabó con los oscuros reinados de Joseph Blatter y de Michel Platini al frente de la FIFA y de la UEFA. Aunque el dirigente vasco se jactaba de ser vicepresidente de ambos organismos, sorteó el FIFA Gate, dirigió de forma provisional el fútbol europeo e incluso se planteó aspirar a su presidencia. 

Reducida a la nada su ascendencia internacional, Villar volvió a refugiarse en el fútbol español y en sus contactos con las altas esferas. Ahí se ha encontró con la eterna defensa de Alejandro Blanco presidente del Comité Olímpico Español. También trató de manejar sus influencias para rebajar la tensión con el CSD. No llegó a tiempo. La imparable maquinaria judicial ha paralizado lo que el fútbol no pudo hacer por sí mismo. Transformar las sospechas en certezas.

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