Luis Enrique, el amargado


Luis Enrique se irá del Barcelona con un bagaje de títulos espectacular. En la presente temporada está en la final de Copa, lucha por la Liga y tiene un pie y medio fuera de la Champions. Pero en las dos campañas anteriores ha conquistado una Liga de Campeones, dos Copas del Rey y dos Ligas. Impresionante.

¿Por qué está tan amargado entonces? ¿Cuál es la clave de la tremenda infelicidad que ha acompañado a Lucho a lo largo de este tiempo en el Barça? Cualquiera sabe. Quizá tenga que ver con la certeza de que a pesar de sus grandes triunfos no trascenderá a la historia. Ha ganado partidos en la misma medida en la que el Barça se ha ido desnaturalizando y perdiendo juego. Con él en el banquillo ha brillado mucho más la MSN que su idea del juego. Aquel Barcelona de Guardiola que enamoraba con su fútbol se ha ido diluyendo hasta convertirse en un grupo de estrellas que no necesitan entrenador alguno para brillar sobre el césped. Pep logró un Barça de autor, exaltación de La Masía y del juego con mayúsculas. Hoy en día no es fácil definir el fútbol blaugrana, el peso de la cantera es mucho menor y la excelencia está en las individualidades. 

El caso es que al asturiano se le ha ido agriando la sangre con el paso del tiempo. Malencarado, faltón y maleducado con los periodistas, no soporta las explicaciones públicas, como si el fútbol se tratara de un asunto privado. Nunca supo representar con dignidad a la entidad que le paga y que le ha llenado la vitrina. Entrenar al Barcelona y estar amargado es demencial. Claro que si no soporta estar expuesto al ojo público, ahora que se ha hecho millonario, puede dejar el profesionalismo y entrenar algún equipo de regional. A lo mejor encuentra la felicidad.

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