La explosión de Toro dio color a Río

antón bruquetas REDACCIÓN / FERROL

DEPORTES

Fernando Bizerra Jr.

El oro del palita de Viveiro sirvió para mitigar la desilusión por la ausencia de Gómez Noya

26 dic 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Iba a ser el estandarte de la expedición gallega, el pentacampeón del mundo y la baza más clara para colgarse una medalla en los Juegos de Río. Pero una desafortunada caída a poco más de un mes del viaje a Brasil lo truncó todo. Javier Gómez Noya no iba a poder participar en la cita planetaria, esa que había preparado con mimo y esmero durante el último año. Su ausencia suspendía en el aire un rastro de decepción. Pero de pronto en las aguas de la Lagoa Rodrigo de Freitas emergió un volcán. El palista de Viveiro Cristian Toro, junto a Saúl Craviotto, uno de los mitos del piragüismo español, firmó una carrera memorable para conseguir la medalla de oro en el K-2 200. Toro puso el empuje, la juventud, la garra en los primeros metros, y, con el barco ya lanzado, su compañero se encargó de amplificar el arreón. Para Galicia, Toro fue un bálsamo, el mejor remedio para una desilusión de partida. Sin embargo, que esa pareja tocase el podio no significó una sorpresa, pero sí que se subiesen al primer peldaño y dejando la impresión de que les había sobrado motor. Al cruzar la meta, Craviotto dejó una escena para el recuerdo. Se giró levemente hacia Toro y le empezó a gritar: «¡No sabes lo que hemos conseguido!». «No sabes lo que hemos conseguido», le repetía una y otra vez. Hablaba con el peso de la experiencia, con el bagaje de quien ya se había colgado hasta entonces una medalla de oro y una de plata.

El amargo llanto de Támara

Pero en Río también hubo lágrimas de dolor. No por lo que fue, sino por lo que pudo haber sido. A Támara Echegoyen le toco sentir en Brasil el sabor agrio de quedarse a las puertas de otro podio olímpico. Un día poco afortunado, una mala medal race, terminó por enterrar una medalla que ya parecía en camino. Acabó, junto a Berta Betanzos, en la cuarta posición del 49er FX. Eso sí, el diploma no solo no empaña su excepcional ciclo de cuatro años, donde supo rehacerse después de que desapareciese la clase con la que asombró al mundo en los Juegos de Londres, sino que lo agiganta. Empezó de cero y acabó conquistando otro Mundial y rozando la gloria en la cálida bahía de Río. Por encima de cualquier resultado, la pontevedresa dejó patente que es una regatista fuera de serie.

Un diploma también se trajo a casa la incombustible Teri Portela. Para ella, después de interrumpir su preparación para afrontar la maternidad, eran sus quintos Juegos. Entraba en el selecto club de deportistas españolas que han logrado ese privilegio. Y no decepcionó. Se coló en la final, donde se quedó algo descolgada en los primeros metros para terminar en la sexta plaza. Su quinto diploma olímpico en una trayectoria deportiva que apenas tiene parangón.

Tampoco le fue mal a Óscar Carrera y Rodrigo Germade, integrantes del k-4 1.000 español, que regresaban a unos Juegos después de más de dos décadas y que acabó en la quinta plaza; ni a Iago López que junto al cántabro Diego Botín concluyó en la novena posición, muy cerca del diploma olímpico, en el 49er FX. Los cuartos de final del torneo y un diploma fue el meritorio resultado que alcanzaron las jugadoras de rugbi 7 Paula Medín y Vanessa Rial. Era la primera participación de esta modalidad en unos Juegos Olímpicos y España lució a buen nivel.

Más discretas fueron las actuaciones de Jean Marie Okutu, en salto de longitud; de María Vilas, que estuvo lejos de sus mejores registros en la piscina de Brasil; Frank Casañas, en lanzamiento de disco; al arquero Miguel Alvariño; y a la veterana atleta Sandra Aguilar, que dio el susto al desmayarse en el maratón.