Con la pistola al estadio


Un estadio no se antoja el mejor escenario para una pistola, salvo que sea para darle la salida a los atletas en una carrera o para disputar un campeonato de tiro. Pero la imaginación humana no tiene límites. Tres políticos republicanos han lanzado una novedosa iniciativa. Pretenden que el estado de Washington permita introducir armas en los recintos deportivos a todos aquellos que tengan la correspondiente licencia, que no son pocos en Estados Unidos. Nadie duda de que la idea podría aportar emoción extra a los seguidores de los grandes equipos de Seattle. Los Sounders acaban de ganar la Major League Soccer. Hubiera sido impagable para los aficionados la oportunidad de celebrar la victoria con unos disparos al aire, como si aquello fuera una boda afgana. Una pena que la ley no llegue a tiempo y que el título se decidiera en el campo del Toronto. En cuanto a las derrotas, mejor no pensar en el uso que podría dársele a un revólver en esos casos. ¿Y qué decir de las polémicas arbitrales? La ecuación es fácil, un silbato puede más que una patada, pero una bala puede más que un silbato.

Siempre se puede ir más allá y llevar las armas al vestuario. Sucedía en el Lazio de las pistolas de los años setenta, aquel conjunto en el que los jugadores amenazaban con desenfundar. Eran el grupo salvaje en aquella Roma agitada por el miedo de las Brigadas Rojas y de la ultraderecha. Aseguran que Giorgio Long John Chinaglia llevaba a todos los partidos su Magnum del calibre 44. De Gigi Martini decían que hacía tiro al blanco con las farolas. Los dos eran los capos de dos clanes enfrentados. Ganaron el primer Scudetto de la historia del club sin que no muriera ninguno de ellos en el intento, lo que supone un éxito considerable. Luciano Re Cecconi era uno de los pocos que navegaba entre los dos grupos enemigos. Lo llamaban El ángel rubio. Tres años después del triunfo en la Liga italiana, Re Cecconi entró en una joyería de un amigo para gastarle una broma. «Esto es un atraco», le dijo. Y recibió como respuesta un disparo a bocajarro. Las dos bandas de pistoleros tuvieron que unirse, al fin, para pagar una corona de flores. Long John llegó a ser presidente del Lazio. Bajaron a segunda. La vida es la que desarma.

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