El Galicia de Nueva York


Uno de los termómetros preferidos por Estados Unidos es el deporte de élite. Sus medalleros son el símbolo de su dominio, la evidencia de que en su jardín de las oportunidades florece lo mejor. Las historias y los apellidos deberían ser un recordatorio en estos tiempos de zozobra. Casi ni hace falta salir de la piscina. Johnny Weissmüller, medallista olímpico en los años veinte, y Tarzán para siempre, nació en Rumanía. Los abuelos de Mark Spitz llegaron de Hungría tras la Segunda Guerra Mundial. Jaromir Ledecky, el abuelo paterno de Katherine Ledecky, huyó de Checoslovaquia en 1948 para instalarse en Nueva York. El atletismo y el baloncesto americanos no se entenderían sin sus deportistas negros. A pesar de todo. Porque durante los Juegos de Berlín, presididos por Hitler, Jessie Owens podía alojarse y comer en cualquier restaurante alemán, mientras que en su propio país la segregación racial que reinaba en los locales abiertos al público. Nada nuevo. Su familia se había mudado desde el sur a Cleveland buscando horizontes más abiertos.

Sabemos qué opina de otros inmigrantes, ¿pero qué pensaría Trump de los gallegos de Estados Unidos? ¿Ciudadanos de primera o de segunda? ¿Suficientemente blancos? El deporte, aunque en versión más humilde, también le serviría para abrir los ojos. En 1927, el año en el que detuvieron al padre de Trump en una manifestación del Ku Klux Klan, los mejores equipos europeos de fútbol cruzaron el Atlántico. Entre ellos, el Real Madrid, que debutaba en suelo estadounidense. Su tirón palidecía ante el del Nacional de Montevideo. Cuentan las crónicas que esta súbita pasión se debía a un error. La clave estaba en el nombre. Parecía evidente que aquellos que se hacían llamar Nacional tenían que ser los mismos que habían ganado el oro olímpico para Uruguay en 1924. El Madrid, con menos fans, pero con aura de favorito, se estrenó ante 5.000 espectadores. Estaba previsto que su rival fuera el Brooklyn Wanderers, de la American Soccer League. Pero acabaron jugando en Hawthorne Field ante un modesto equipo neoyorquino de inmigrantes. Contra todo pronóstico, los locales arrancaron una igualada a los blancos (1-1). The New York Times contó la gesta. El Galicia empataba con el Real Madrid. ¿Quién se lo hubiera dicho a Donald Trump?

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