La innovación y sus luces y sombras

La organización de la Vuelta busca trazados atractivos, que tienen sus inconvenientes


La fórmula ha sido exitosa. Según los datos que maneja la organización de la Vuelta, la audiencia no deja de crecer. Su director, Javier Guillén, no deja de estrujarse la cabeza para conseguir encontrar puntos en la geografía española que ayuden a que cada jornada tenga su pequeño atractivo, ya sea en forma de dificultad montañosa o de una carretera que recorre un paraje excepcional. En ese despegar, Galicia ha jugado un papel determinante. Y así se descubrió, por ejemplo, el mirador de O Ézaro y de esta manera se inició una contrarreloj desde una batea o se llegó a San Andrés de Teixido.

Pero no todo en este periplo ha sido un camino de rosas, ni un reguero de alabanzas. De hecho, en esta última edición la polémica saltó en la décimo tercera etapa cuando el pelotón permitió una escapada y se paró. Tanto se dejó ir que acabó entrando en la línea de meta a 34 minutos del ganador. Alejandro Valverde fue el primero en hablar sobre lo ocurrido y defendió la actitud de los ciclistas: «Llevamos muchos días a tope y necesitábamos levantar un día el pie».

Sin llegar a especificarlo, el murciano trataba de dejar patente la incomodidad de muchos corredores con esa acumulación de tachuelas que la organización coloca en lo que en otras grandes vueltas son etapas de transición, idóneas para los esprinters. Algo que, por otro lado, ha sido la seña de identidad de la ronda española en la historia reciente y que ha posibilitado que ahora su seguimiento se haya vuelto a revitalizar. «El ciclismo tiene que hacer una reflexión: los patrocinadores necesitan que este deporte tenga un seguimiento para saber si es rentable y ellos dirán si se cumplen las expectativas con etapas como esta. Son los corredores y los equipos quienes tienen que dar una explicación», señaló Guillén aquel día. «Este deporte vive de una épica y estas cosas [que los ciclistas entrasen en la línea de meta sonrientes, con media hora de retraso sobre el primer clasificado en la etapa] han pasado siempre, pero hay una estética que guardar. Que hagan ellos la reflexión porque esa actitud no ayuda mucho», recalcó el dirigente.

Lo cierto es que aquello no se volvió a repetir. Pero las críticas, veladas o no, al trazado diseñado por la organización quedaron latentes. Alberto Contador, por ejemplo, aseguró que esas pequeñas dificultades -a menudo con grandes desniveles y que retuercen a los ciclistas hasta el tuétano- apenas sirven para la general. El de Pinto, al que siempre le han favorecido la alta montaña, los días con miles de metros de desnivel acumulado, apuntó que creía que se estaban reduciendo este tipo de jornadas para los escaladores puros en beneficio de otras más cortas y explosivas, en las que hombres como Alejandro Valverde pueden encontrar un terreno más ajustado a sus características.

Nunca llueve a gusto de todos. Pero parece difícil que la Vuelta abandone un formato que le ha reportado tantos réditos. Ni siquiera en el horizonte se vislumbra la tan traída reducción de días que ha planeado en los últimos años sobre ese monumento al ciclismo. De hecho, Javier Guillén, en una entrevista concedida a La Voz, aunque se ha mostrado partidario de hacer un análisis profundo y global sobre la duración y dureza de las grandes carreras, ya ha defendido que «no tiene sentido devaluar una carrera que ha logrado un crecimiento como el que ha tenido la Vuelta».

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