Cristian Toro, un huracán entre dos continentes

Nacido en Venezuela, su pasión por el piragüismo empezó a germinar en el norte de Galicia


Pasó de un bache anímico, que lo llevó a los platós de televisión como concursante del programa Mujeres y hombres y viceversa, a ponerse a preparar un ciclo olímpico. Fueron dos meses que le valieron para saber justo lo que no quería hacer. Cristian Toro (La Asunción, Venezuela, 1992) se mudó a Galicia, donde estaba su familia materna, cuando era un niño y en Viveiro comenzó a moldear su pasión por el piragüismo. Pronto se empezó a vislumbrar la potencia y capacidad de sacrificio que le permitieron hacerse un hueco en la élite. Las mismas cualidades que ayer, formando un equipo formidable con el catalán Saúl Craviotto, le sirvieron para encaramarse a lo más alto del podio olímpico.

De Viveiro se fue al Fluvial de Lugo, donde estuvo interno en un Centro de Alto Rendimiento que se puso en marcha durante un par de años en la ciudad de las murallas. «Quizás fue la etapa más dura, porque era muy pequeño para estar fuera de casa. Tenía 12 o 13 años y era muy duro vivir lejos de tus padres... Además, estaba la responsabilidad de entrenar y de estudiar. Si pensaba como un niño, todo me indicaba que era demasiado», indica el campeón gallego, que incide en la importancia que tuvieron en esos momentos sus padres: «No es fácil controlar a un niño con esa edad. Fue todo bien. Tuve que madurar quizá un poco más rápido. Pero me ha ayudado».

Sus resultados y la impresión de que su horizonte empezaba a quedar lejos, lo condujeron a Madrid, al equipo nacional. En la residencia Joaquim Blume continuó su preparación. Pero hace cuatro años atravesó una pequeña crisis. Y probó en la televisión. «Me sentía como que dejaba un poco esos años más jóvenes y entraba en una etapa más madura. Fue una época de transición. Luego ya cuando salí, me vine a Asturias y senté más la cabeza, más serio. Fue la última etapa en Madrid. Fueron dos meses, pero la repercusión alarga un poco más. Sí, me dio popularidad, pero tuve que cortarlo por el tema de entrenamiento. Tuve que elegir y lo tenía claro desde el principio. Sabía que iba a ser un período corto de tiempo y fue divertido», explicaba poco antes de partir hacia Brasil, en donde aterrizaban con la sensación de que podrían estar en la pelea por las medallas.

Los años, los meses, los días y las horas en Trasona habían edificado una pareja de máximas garantías para el piragüismo español. Toro ponía la garra, el empuje, mientras que Craviotto, desde la parte delantera de la embarcación, daba ese final sostenido que se demostró determinante. En las largas jornadas de trabajo en Asturias, Cristian aprendió de su ídolo lo que marca las diferencias en una final olímpica. Desde la alimentación, hasta el levantarse cada jornada con la predisposición para dar el máximo o el orden meticuloso con el que se prepara una mochila. Todo, hasta lo más insignificante, puede alejarte de un sueño. Craviotto ya conocía la fórmula y se la transmitió con mimo a su compañero. Y se conformó un K-2 sensacional.

«Podemos luchar por las medallas, pero no pensamos en ello cada día, sino en entrenar lo mejor posible. Siempre dependes también de un rival. Tenemos que procurar llegar allí a un gran nivel, también analizar cómo van los rivales y poner en escena todo lo entrenado», indicaba Cristian Toro cuando apuraba su puesta a punto antes de cruzar el Atlántico en dirección a Río. Un viaje que en él está repleto de simbolismo. En los primeros Juegos de Sudamérica, el continente que lo vio nacer, acabó con un oro balanceándose sobre el pecho. «Es muy importante el día de la competición, porque puedes llegar bien y que tu competición no sea del todo correcta. Tenemos que prepararnos mentalmente para llegar allí y darlo todo el día de la verdad».

Sus palabras fueron una premonición de la gesta que tan sólo unos días después acabaría completando. En la laguna de Rodrigo de Freitas se lanzaron a por la primera posición con un apetito caníbal. No desfallecieron ni siquiera cuando parecía que les habían tomado la delantera. Su menor ciclo de paleo, con entradas más eficientes en el agua, terminó imponiéndose. Nadie les pudo aguantar ese estirón hacia la gloria.

En las gradas, su madre y su novia, la televisiva Irene Junquera, no podían contener la emoción. Él, tampoco cuando le tocó escalar hacia el sitio más dulce en unos Juegos.

Allí buscó a Craviotto, su inseparable espejo, y se fundió en un eterno abrazo con él. Y rompió a llorar. Lo hacía como un niño, como aquel que en el Fluvial un día se imaginó dando paladas mientras los ojos de todo un país se clavaban en él. Ahora, con su edad, es consciente de que le queda un mundo para hacer historia.

Craviotto, el ídolo y un compañero ejemplar

Parece que el dúo gallego-catalán funciona. En Los Juegos de Pekín, Craviotto y Perucho se hicieron con el oro olímpico en K-2. Ocho años después el catalán se cuelga otro oro de la mano de un gallego. Algo especial tiene Craviotto con los gallegos, que los lleva a lo más alto.

Cristian Toro siente una fuerte admiración por Saúl. «Admiro su disciplina, el día a día entrenando, la constancia y los valores del deporte que tiene. Veo que además de ser muy bueno físicamente es un gran deportista. Hace todo bien. Estira, se cuida comiendo, entrena más que nadie y sobre todo se esfuerza mucho. Todo eso hace que tú lo mires y digas... por ahí es el camino. Él se fija en detalles muy pequeños y esos marcan la diferencia. Siempre está atento, tiene la mochila ordenada, todo ordenado. Aprendo mucho de esas cosas», confiesa.

El gallego asegura que parte del éxito se lo debe al catalán. «Llevando a Saúl delante solo puedo aprender. Yo intento poner todo de mi parte para que el barco sea mejor; aporto mi fuerte. Es bueno aprovechar los puntos fuertes de cada persona, yo me siento muy cómodo en esos primeros metros, con fuerza y ágil saliendo. Pero Saúl también es un K2, aunque uno salga bien, si el otro no sale bien, no vale de nada el trabajo de uno», afirma.

Juntos forman un buen equipo y se compenetran a la perfección. «Su ritmo de paleo es menor del que suele llevar el rival, pero yo me siento cómodo en esa frecuencia. Una frecuencia algo más baja, que te obliga a meter más fuerza en cada palada y a que el gesto sea más amplio. Pero por proporciones las de Saúl y por la fuerza que tiene es una palada en la que se siente muy cómodo y yo también me siento cómodo», declara el gallegociones de saúl y su fuerza es una palada en la que se siente muy cómodo y yo también me siento cómodo. Eso ayudó a que el acoplamiento fuese más rápido.

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