Nadal y Belmonte, excepcionales e iguales


El jueves arrancó con una certeza: Rafa Nadal es el único tenista vivo en las tres pruebas de tenis, individual, doble masculino y mixto. Una duda: por qué la organización de los Juegos de Río le programó tres partidos el miércoles, algo insólito, a las doce y media el encuentro contra Gilles Simon, a las cinco contra la pareja canadiense y, en algún momento después de las seis, el duelo contra los checos. Y una excepción: la federación internacional de tenis advirtió de antemano, en una medida extraña, que su último encuentro del día, junto a Garbiñe Muguruza, «podría posponerse al jueves dependiendo del desgaste de Nadal (que juega otros 2 partidos)». Casi nada del fenómeno Nadal escapa a lo excepcional. Aunque la previsión de lluvia, que terminó arruinando toda la jornada del miércoles, pudo estar detrás del atracón que le reservó el juez árbitro. Así que, por las suspensiones, se levantó ayer de la cama otra vez con el mismo programa agotador que cumplir. Con la pista central con las puertas todavía cerradas al público, su figura hercúlea bajo una camiseta sin mangas asoma antes que la de ningún otro tenista para pelotear un rato. El más madrugador, ante la mirada de Toni Nadal y Conchita Martínez. En el mismo sitio donde una semana antes hablaba con su tío entre aspavientos antes de anunciar que la muñeca le dolía, pero que el desafío olímpico merecía el esfuerzo.

Nadal no solo reinició ayer un maratón de partidos, al que se añade el desgaste de la ceremonia de apertura como abanderado. Es el jugador que menos rodado llegó a Río, sin competir desde que en mayo se retiró de Roland Garros.

Esa búsqueda de lo irracional para alcanzar la gloria emparenta a Nadal con Mireia Belmonte. Cuando se inscribió a cinco de las pruebas individuales más difíciles, los 400 y 800 libre, los 200 y 400 estilos y los 200 mariposa, la apuesta parecía excesiva. Pero su entrenador, Fred Vergnoux, otro valiente como Toni Nadal, explica el porqué de ese éxito que parece tener un puntito de locura: «Ha ganado el oro con trabajo, con pasión». Y no la considera tampoco la más talentosa. Una (injusta) etiqueta que ha acompañado al tenista durante toda la vida.

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