Un árbitro gallego llega a la catedral

Manuel Franco, con 22 años, participa ya en la previa de Wimbledon y ejercerá por primera vez en el cuadro final


REDACCIÓN / LA VOZ

Manuel Franco Ojea nació en Boiro, tiene 22 años, estudia Enfermería en Santiago y ya arbitró en una decena de torneos internacionales de tenis en cinco países. En solo dos temporadas dibuja una proyección que podría permitirle optar a una chapa bronce, un hito que todavía no alcanzó ningún gallego. Un reto que exige dominio del inglés, experiencia, exámenes e invitaciones discrecionales de las federaciones. Su gira de torneos le lleva estos días a la previa de Wimbledon, donde ya estuvo el verano pasado, pero ahora prolongará su tarea y trabajará también durante el cuadro final.

«Todavía no me lo creo», comenta Franco Ojea, que todavía no tiene una titulación internacional que sí alcanzaron el coruñés Andrés Ramos y el vigués Álex Soto. El olívico llegó a hacer el examen para lograr la chapa bronce -el tercer escalón del arbitraje internacional-, pero terminó aparcando su carrera.

«Si la memoria no me falla, Manuel será el primer árbitro gallego en el cuadro final de un grand slam», explica Lis Iglesias, expresidente del Comité Gallego de Árbitros de Tenis.

Los tres escalones hacia la élite

Ahora se cumplen 20 años desde que Soto logró su titulación como árbitro nacional en 1996. Galicia acogía torneos internacionales todos los veranos y necesitaba aumentar su estamento de jueces de silla y de línea. Dos temporadas después consiguió la titulación internacional en Turquía. «Como lo iba haciendo bien, me animaban a dar nuevos pasos». Ese examen le dio la chapa blanca, el cuarto escalafón, aún lejos del bronce, la plata y el oro, la élite que dirige finales de grand slams.

Treinta semanas de torneos

«Yo jugué a cierto nivel, luego me dediqué más a la docencia y con el arbitraje pude conocer el tenis con una visión más completa, desde los chavales que empiezan en torneos como el de Vigo hasta los que juegan los grand slams», comenta Soto, que estuvo en Roland Garros, Wimbledon, los Masters 1000 que se celebran en Europa... En los torneos de menos responsabilidad, como juez de silla, y en los más importantes, como línea. Coincidió con Nadal, Verdasco, Ferrer... «Llegué a trabajar 22 semanas al año entre el 2000 y el 2007, pero entonces me surgió una opción laboral que me interesaba más», recuerda el árbitro vigués.

Lo mismo le sucedió al coruñés Andrés Ramos. Titulado como árbitro nacional ya antes de ser menor de edad, a los 21 sacó el título internacional y pisó varios países. «En el 2014 arbitré casi 30 semanas». De México a Japón, y de Wimbledon a Valencia. Hasta que una oferta laboral le dejó sin tiempo para dirigir partidos.

Todavía con 22 años, Manuel Franco, ahora en Wimbledon, pretende recorrer ese camino. Su rendimiento le va abriendo puertas a un ritmo alto: «He ido aprendiendo muchísimo al arbitrar en superficies diferentes a distintos tipos de jugadores».

El referente de Lahyani

Manuel Franco depende ahora de que le promueva la federación española. Cita dos referentes con los que ya trabajó en una pista, el italiano Manuel Messina, por su complicidad con todos los jueces de línea, y el sueco Mohamed Lahyani por su valentía y velocidad al corregir cantos. Lucen en el escalón al que le colmaría llegar. «Conseguir la chapa oro sería un sueño, pero requiere ser muy bueno y controlar todos los aspectos: las líneas, los jugadores, el público, los recogepelotas... Aún tengo que dar muchos pasos antes», reflexiona.

Lidiar con McEnroe

El juez de silla de tenis se enfrenta a jugadores con carácter. Habitual de las pruebas gallegas internacionales en los años 90, el coruñés Eduardo Alonso le pitó a John McEnroe en una exhibición en Santa Isabel que también reunió a Sergi Bruguera, Carlos Costa y Karel Novacek. Y salió airoso del papelón ante el carismático y protestón jugador estadounidense, entonces ya convertido en una leyenda.

Exámenes y pruebas para alcanzar la élite

«El arbitraje de tenis es un mundo muy bonito y agradecido. Pero también duro, porque en algunos torneos estás solo en la silla, sin la ayuda de los jueces de línea, y hay mucho en juego. Y un árbitro de chapa blanca no gana dinero para vivir solo del tenis. Aunque en España los árbitros internacionales tenemos un mínimo de 65 euros diarios o unos 500 a la semana, las condiciones económicas cambian de un torneo a otro, según qué gastos te cubran. Y subir de categorías se convierte en un embudo. Necesitas que te promuevan según tu nivel», razona Andrés Ramos.

El salto a la chapa bronce abre mejores oportunidades. Álex Soto lo palpó con su examen en París, donde no promocionó por la valoración de la parte subjetiva de las pruebas. «El apartado escrito sobre situaciones de partidos en pista estaba todo bien, pero también pasas entrevistas personales con cargos de la federación internacional, y no las superé», recuerda.

Tras la vocación de Andrés Ramos se encontraba Lis Iglesias, uno de los pioneros del arbitraje gallego a la hora de encargarse de partidos fuera de la comunidad. Los grandes eventos que acogía el Tenis Coruña actuaron como acicate, sobre todo el Campeonato de España absoluto de 1997 y la eliminatoria de Copa Davis ante Suiza de 1998.

Desde entonces se convirtió en habitual juez de silla en pruebas internacionales en Galicia y otros puntos de España y juez de línea en hasta diez Masters 1.000 de Madrid (a día de hoy participó en cinco finales). Estuvo en Barcelona, Valencia, eliminatorias de Copa Federación... Y en la final de la Copa Davis del 2004 en Sevilla. «Ese fue mi evento más importante. En los últimos años arbitré ya menos por falta de tiempo, que solía sacar de mis vacaciones», explica.

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