Fútbol de alta escuela... y dinamita

Iniesta y David Silva dominan la esencia del toque, Morata y Nolito añaden movilidad y osadía


REDACCIÓN / LA VOZ

La selección afila su fútbol de alta escuela. Entiende el juego a través del balón, con un Andrés Iniesta que hace de la sencillez y de la discreción virtud, incluso para terminar de coger los galones. Y con David Silva también dispuesto, en todo momento, a mover y templar. Hace años que Menotti emitio su diagnóstico: «España tiene que decidir si quiere ser toro o torero». Y los dos centrocampistas abanderan ese fútbol de muletazos y pases, sin embestidas, que ha valido para ganar dos Eurocopas y un Mundial, y que vuelve a mostrar su esencia en el campeonato francés. Sin olvidar a Busquets, un jugador clarividente para hacer fácil lo fácil y, por encima de todo, de los que saben qué toca en cada momento para allanar el camino a sus compañeros.

A esa propuesta sinfónica se han sumado dos interprétes que, sin traicionar la filosofía, la enriquecen y le suman matices. Uno es Morata, que anotó dos goles ante Turquía. El otro es el céltico Nolito, que también marcó y encontró la llave para abrir la puerta de la contención otomana.

Nolito pone un punto de atrevimiento que anima la partitura. Si hay que hilvanar, tocar y alargar, es uno más. Pero añade ese capacidad de sorpresa que tan bien le viene al colectivo de Vicente del Bosque. Porque es un delantero que sabe moverse entre líneas y se maneja como pocos en la ecuación tiempo y espacio. Piensa y ejecuta con la misma velocidad. Le bastan una fracción de segundo y una loseta para desencajar al rival. Lo mismo se asocia que resuelve.

Frente a Turquía parecía que no terminaba de encontrar su sitio. Y en un visto y no visto provocó un par de averías que llevaron el marcador al descanso con un 2-0 favorable a España.

Había avisado poco antes con una de esas clásicas acciones en las que va de fuera hacia dentro para buscar la rosca con el interior de la bota. Le faltó muy poco para que el lanzamiento cogiese puerta. En el gol de Morata, primero le da el pase a Jordi Alba. Al ver que la retaguardia otomana recula, retrocede ligeramente, para crear más espacio. Y cuando se la devuelve el lateral, ya sabe donde va a poner el envío.

En el tanto que lleva su firma saca brillo al desmarque. Le ofrece línea de pase a Cesc Fábregas. Tiene la fe suficiente para no desentenderse, al ver que la ventaja es para el central. Y acaba mostrando otra de las habilidades de su repertorio, toda vez que el balón cae del cielo y no se precipita . Sabe dónde quiere rematar, a la media vuelta. Abajo, a un lado.

Morata es quizás el jugador más contracultural en esta selección de marchas largas, porque lleva el motor subido de vueltas. Es igual de voraz cuando no tiene el balón y le toca presionar que cuando lo llevan sus compañeros y se ofrece con su movilidad continua. Porque es un nueve que se maneja bien en el área pero nunca se ancla. 

Acierto y pegada

La propuesta de España ante Turquía fue la misma que ante la República Checa. Pero en un caso tuvo que esperar hasta cerca del minuto noventa y en el otro ya encarriló el partido en el primer tiempo. Porque el acierto y la pegada son variables imposibles de controlar. El primer día, Cech sacó dos balones que parecían imposibles. Ayer, el cabezazo de Morata, el balón que cazó Nolito y la jugada de billar que culminó el ariete fueron inapelables.

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