Garbiñe enciende una estrella

Anhela ser la mejor jugadora del mundo tras superar la presión del aspirante

Afp

redacción / La voz

Novak Djokovic necesitó bucear en el yoga para apaciguar los diablos que crecen en su interior y que lo incitaban a lanzar la raqueta, a gritar en pleno partido cuando las cosas se torcían. Sin ser consciente de ello, lo conducían a perder. Tenía 22 años e intentaba derribar un duopolio que en aquellos momentos parecía eterno, el de Roger Federer y Rafa Nadal. Le sobraba tenis, le faltaba cabeza, entender cuándo debía templar sus nervios. A esa misma edad Garbiñe Muguruza comenzó la temporada más complicada de su prometedora carrera. El año anterior había irrumpido en la élite del tenis al colarse en la final de Wimbledon, donde cayó ante un rival prácticamente inabordable: Serena Williams, la ganadora de 21 Grand Slams, un mito de la raqueta.

Ahora tenía la obligación de confirmar que no era un espejismo, de que había nacido para ser una ganadora. En febrero, Muguruza, prodigiosa a la hora de hacer correr la bola, emitía síntomas preocupantes. Muy similares a los del Djokovic que consumía sus últimos días de adolescencia. Se le veía desquiciada al sentirse superada por oponentes con menos recursos sobre la pista. No encontraba respuestas. Y las que le daban, no le gustaban. «Yo no me voy a morir por la bola, yo no», le espetó a su entrenador Sam Sumyk, cuando pidió que bajase de la tribuna para tratar de cambiar el rumbo del partido ante la alemana Andrea Petkovic. «Parece que lo sepas todo», le había lanzado instantes antes el excéntrico técnico francés. Un irreverente «por su puesto» brotó de los labios de la tenista española casi de inmediato. Muguruza acabó perdiendo. Y su racha negativa prosiguió algunas semanas más. Aquel volcán que había moldeado Alejo Mancisidor, del que se desvinculó al final del verano pasado, en medio del éxito, parecía diluirse.

«Tengo la sensación de que me toca ocuparme de un Fórmula 1», explicó Sumyk en una entrevista en L?Equipe acerca de cómo estaba siendo su trabajo con Muguruza. «Y también me gusta vivir con la guillotina sobre la cabeza», recalcaba en la conocida publicación. Del frío al calor sin que medie la primavera. Así es Garbiñe, que encendió su estrella de forma definitiva el sábado en una Philippe Chatrier abarrotada. Enfrente, de nuevo Serena. Tal vez, el presente contra el pasado.

Y en esta ocasión no hubo dudas. Se desplegó con la osadía de los grandes aspirantes, de quienes quieren quedarse con el testigo en la mano. En una arcilla similar a la que pisó en el 2014 cuando sorprendentemente eliminó a Serena en ese mismo torneo y la estadounidense le dijo que iba a ser número uno. Ganó con esa sonrisa redonda, tan demoledora como su drive. Surgieron las comparaciones con la hazaña de Arantxa en 1989. Pero Garbiñe tenía por delante un muro más alto que derribar. De la catalana nadie esperaba nada, de esa chica espigada nacida en Caracas lo esperan todo. Llenar un hueco así es el mayor reto que se puede encontrar un deportista que aún no ha estrenado sus vitrinas. Muguruza lo hizo con matrícula de honor.

Estrenó su condición virtual de número dos del mundo rodeada de cámaras. En medio de la plaza de la Concordia, en el protocolario posado de los campeones de Roland Garros. Con el trofeo entre sus manos. Nadie duda ya de que ha nacido para esto.

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