Tenis, aplomo y futuro


Tal como esperábamos de la final de Roland Garros, Garbiñe Muguruza cumplió el guion previsto, con todas las premisas que la podían convertir en campeona de Roland Garros. Jugó con un alto porcentaje de primeros servicios, aprovechó su resto, sobre todo sobre los segundos saques de Serena Williams, para comenzar los intercambios con agresividad y asumir la iniciativa tan pronto como fuera posible, y atacó con insistencia el flanco derecho de la estadounidense.

Muguruza eligió esa zona. Porque a veces, cuando atacas a un rival justo a su lado fuerte, le sorprendes. Por eso buscó tantos servicios a la derecha de Serena y por eso le abrió tantos ángulos en esa zona, algo que terminó acusando su rival.

Además, Garbiñe mostró temple y madurez en momentos importantísimos de la final, más entera que en el anterior duelo de ambas en Wimbledon. Lo vimos en el cuarto juego, con 2-1 para la norteamericana. Con el marcador en contra, la obligación de mantener su servicio y un juego largo, la hispanovenezolana no cedió en ningún momento. Lograrlo ante una veterana supuso un mensaje: no iba a permitirse ni un bajón.

Garbiñe tampoco se desanimó en ningún momento cuando cometió dobles faltas, ni cuando desperdició varios match balls con 5-3 a su favor. Porque, a continuación, ya con 5-4, sirvió fenomenal para cerrar el partido con un tremendo aplomo. Detalles que demuestran su madurez para derrotar en un marco tan imponente a la número uno y ganadora de 21 grand slams, que además jugó bien. Porque Serena mostró un gran nivel incluso con las pelotas de partido en contra.

Garbiñe da un paso enorme no solo por ganar su primer grand slam, sino por hacerlo con semejante temple, una virtud que marca la diferencia entre tener un éxito puntual o ser una jugadora que pueda marcar una época. Le pedíamos madurez para ordenar todo su tenis de ataque con equilibrio durante un partido entero y lo logró durante todo el campeonato.

Al triunfo no le faltó nada. Brillante hasta el momento de recibir el trofeo de manos de Billie Jean King, una estrella del tenis de los sesenta y setenta. Pero, sobre todo, una gran campeona que se significó en el liderazgo para que las mujeres tenistas recibiesen los mismos premios que los hombres en Estados Unidos. Una reivindicación de igualdad que, desde el deporte, abrió un camino para toda la sociedad, en una época en la que no era fácil reclamarla. La presencia de una deportista tan mítica resultó el colofón perfecto al éxito de Garbiñe.

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