Gloria a un equipo de oro y acero

Una recta final de temporada tan esforzada como brillante dio al Barça la Liga y la Copa


redacción / la voz

Cuentan que hubo un instante que gestó este Barça campeón de Liga y Copa. Sucedió en su peor noche, cuando el Valencia lo doblegó por 1-2 en el Camp Nou y la Liga se apretó definitivamente. El Atlético lo igualó a puntos y el Madrid se acercó a solo uno. La conjura dio como resultado un equipo azulgrana que mezcló brillo y trabajo, sufrimiento y exquisitez. Así, llegó nada menos que un título de Liga, producto de cinco jornadas de triunfos consecutivos, y ayer otro más de Copa. Las cifras dicen que por el camino marcaron 24 goles, pero sobre todo subrayan que no encajaron ni uno solo. Jordi Alba y Neymar empujaron a la red en el Calderón los números 25 y 26, pero la imagen de este doblete correspondió a Luis Suárez.

Porque había que ver a la estrella uruguaya, autor de la friolera de 53 goles esta temporada, nada menos que cuarenta en Liga, lo que le valió la Bota de Oro al máximo goleador europeo, retirarse apesadumbrado después de lesionarse en un maldito esfuerzo por alcanzar un centro. Lloró entonces a lágrima viva en el banquillo mientras sus compañeros se esforzaban por consolarle. No hay conquista más bonita que la obtenida desde el hambre eterna, y esta cualidad es la que adorna al espléndido artillero. Un Barça de toque y dominio, configurado por algunos de los mejores futbolistas del mundo, dio paso a un equipo que añadió a su carta de espléndidas cualidades las del sudor y el trabajo.

Tanto, al menos, como un Sevilla acostumbrado a la miel de los puestos altos de la clasificación, las finales y los títulos, pero al que su rival superó con justicia en los tres partidos en uno que anoche disputaron. El reciente campeón de la Liga Europa, al que ya se conocía fuerte en el plano físico y con la moral por las nubes, no ofreció nada más y hasta desaprovechó la oportunidad de hincar el diente a un rival con diez durante una hora.

No triunfó en ninguno de los tres escenarios que el partido planteó: ni en el primero hasta la expulsión de Mascherano, dominado por el Barça y con un Sevilla muy consciente de cómo hacerle daño; tampoco en el segundo, con los hispalenses en superioridad numérica, pero sin ideas ni manera de intimidar a un adversario bien plantado y llamativamente solidario; y mucho menos en el tercero, que se abrió prácticamente con el inicio de la prórroga, tras la expulsión de Banega poco antes del minuto 90, la igualdad de futbolistas sobre el campo y en el que el Sevilla recibió los dos goles.

Esta vez Emery, que en la final del pasado miércoles, había diseñado una segunda parte perfecta para desarbolar al Liverpool, no supo leer aquello que necesitaba su equipo. Sin fútbol nunca asustó a un Barça que entonces se sostuvo gracias a un omnipresente Piqué, líder blaugrana en las redes y también en el césped.

Desde este partido que el Barça completó, no se reveló casual que el gol que le abrió la victoria correspondiese a un secundario de lujo, llamado a tapar las efusiones ofensivas de Neymar, tras un extraordinario pase de Messi. Este, noqueado por un choque con Carriço, ofreció su versión menos espectacular (especialmente en un par de faltas al borde del área que desperdició), pero la más efectiva. No podía ser de otra manera en un Barça donde el toque bonito y el juego de salón ya no alcanza para abarrotar las vitrinas. Bienvenidos a un equipo de oro y acero.

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