Un espejo redondo para la selección

Hace cincuenta años, Galicia disfrutaba de la mejor generación de futbolista que ha conocido hasta hoy


redacción / la voz

Antes de que Aragonés y Del Bosque dieran forma a la edad de oro de la selección, la gloria futbolera de España se resumía en un fenomenal cabezazo de Marcelino a centro de Pereda. El Nodo, que no contaba con la imagen del inicio de la jugada, la montó de tal modo que Amancio aparecía como pasador. Un gol ficticio para levantar la Eurocopa del 64 ante la Unión Soviética. Al aparato franquista hay que darle al menos el mérito de haber sabido plasmar la superioridad regional del noroeste peninsular en aquella época. «Galicia podía haber ganado a Brasil», se jactaba años más tarde en La Voz el autor del icónico tanto. Marcelino no iba de farol. Ahora que la Federación Gallega planea resucitar el combinado autonómico, y su presidente presume de «una de las mejores generaciones de futbolistas de su historia», solo hay que rebobinar cincuenta años para encontrar inspiración. A mediados de los 60, las cuatro provincias habían parido talento de sobra para juntar 18 jugadores capaces de meter en un apuro a cualquiera. También a la canarinha de O Rei.

El trío mágico

Suárez, Amancio y Marcelino. Si todo equipo necesita un referente, el de este sería el único poseedor de un Balón de Oro nacido en España. Luis Suárez (A Coruña, 1935) se estrenó en el Deportivo y recibió el galardón justo antes de ser traspasado del Barça al Inter. Con los dos equipos ganó varias ligas, a las que sumó un par de Champions de la época al servicio de los italianos. Estuvo en aquella final contra la URSS junto a Marcelino (Ares, 1940) y Amancio (A Coruña, 1939). El primero salió del Racing de Ferrol para destacar entre los cinco magníficos del Zaragoza (dos Copas del Generalísimo y una Copa de Ferias) y el segundo cambió el Dépor por el Real Madrid, con el que conquistó el gran título continental en 1966, además de nueve ligas y dos trofeos de máximo goleador.

Varios internacionales

Veloso, Ufarte, Costas y Reija. Un esguince de tobillo evitó que Severino Reija (Lugo, 1938) ocupara el lateral izquierdo en aquella cita con los soviéticos en el Bernabéu. Brillaba entonces en el Zaragoza tras dos temporadas en el Deportivo. El mismo equipo del que salió José Luis Veloso (Santiago, 1937) para irse al Real Madrid. El ariete, que luego militó en el Rayo, el Ourense y el Compos, también participó en el éxito de España del 64, marcando en el camino hacia la final.

José Armando Ufarte, nacido en Pontevedra en 1941 pero criado futbolísticamente en Brasil, jugó quince partidos con la selección y lució como extremo en el Atlético y en el Racing de Santander. Miguel Ángel González (Ourense, 1947) dejó el balonmano para defender la meta de la AD Couto y el Castellón. De ahí, al Real Madrid durante 18 temporadas (en una fue Zamora) y a la internacionalidad tardía (a los 28). El grupo de esta generación gallega con poso en el combinado nacional lo completa el central Quique Costas (Vigo 1947), indiscutible en el Barça y en el Celta desde mediados de los 60.

Dentro y fuera de galicia

El peso de la norma del 62. La prohibición de fichar jugadores extranjeros, vigente entre 1962 y 1974, convirtió a los equipos gallegos en semilleros de conjuntos destacados en Primera; durante esa época se multiplicaron los ejemplos de futbolistas de la comunidad con peso fuera. José Ramón García (Mondoñedo, 1938) se hizo portero en el Racing Vilalbés (con la ficha de su hermano hasta que tuvo edad para competir) y vivió los mejores años del Córdoba en la máxima categoría además de militar en el Ourense, el Lugo y el Racing de Ferrol. Fernando Zunzunegui (Vigo, 1943) fue central merengue tras probar su valía en Balaídos. Protagonizó con un autogol el duelo de las botellas, origen de la prohibición de los envases de cristal en los estadios.

El polivalente Santiago Castro (Mugardos, 1947) regresó a Galicia para abaratar el traspaso de Costas al Barça. En Vigo dejó huella por su intensidad. El centrocampista Antonio País (Padrón, 1938) se consolidó en el Zaragoza después de pasar por el Santiago, el Celta, el Barça y el Mallorca. Jaime Blanco (A Coruña, 1940) no acabó de cuajar en el Real Madrid y militó en el Hércules y el Betis además del Deportivo. En el conjunto de la capital, Di Stefano cerró el camino a Wilson Alfredo Jones (Barco de Valdeorras, 1934), ariete formado en el Lemos y posteriormente ídolo de la grada en el Alavés. Y Suco (Ribeira, 1938), el mayor de los Parada Alvite, ejerció de extremo en el Barça y el Valencia tras salir del Racing de Ferrol.

Hubo quienes viajaron menos. Como Cholo, uno de los estandartes del «Hai que roelo» desde su puesto de lateral. Junto a él, los defensas Herminio y Quinocho (por el Celta) o el centrocampista Manolete (del Dépor y dos veces internacional) habrían encajado en esta ficción de selección gallega, ejemplo para la actual.

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