Un pichichi nacional de sello cangués

El jugador del Luceros es el máximo goleador de todas las categorías estatales con 190 goles, una media de 9,5


vigo / la voz

Lleva seis temporadas en Primera Nacional y siempre había sido, según sus propias palabras, «un jugador más». No solo en la categoría, sino incluso en su equipo, el Luceros -filial del Cangas-. Sin embargo, este está siendo el año de Adrián Menduíña. Ningún otro balonmanista de las categorías nacionales, tanto masculinas como femeninas, se aproxima a sus 190 goles en 20 partidos, una media de 9,5 con la que supera ampliamente a Guillermo Corzo Gómez, máximo anotador de Asobal, con un promedio de 7,12.

«Los compañeros me dicen que le voy a tener que echar hielo al hombro de tanto tirar. En el vestuario nos lo tomamos con cachondeo, no deja de ser una anécdota», comenta con humildad. Pero una anécdota que no pasa inadvertida. «De tanto que me lo repiten, a veces sí que entro en la clasificación a mirar cómo va la cosa. Es cierto que estar por encima del máximo goleador de la Asobal llama la atención y está muy bien, pero tampoco hay que darle tanta importancia», insiste.

Menduíña comenzó a jugar al balonmano en alevines, siempre en su Cangas natal y en su club de toda la vida. Extremo con protagonismo, «ni por asomo» se había acercado a los números de los que hoy puede presumir. «El año pasado ya despunté un poco y acabé con una media de seis o siete, pero en las anteriores dos o tres, no más», recuerda.

Sus registros no le suponen ninguna presión añadida, precisamente porque los considera el fruto de la veteranía que ha ido adquiriendo. «Te vas acostumbrando a la categoría, te sientes con confianza y las cosas te salen. Otro año empecé muy bien y luego fui bajando, pero ahora me lo tomo con calma», dice.

Consciente de que su media «puede empezar a descender en cualquier momento», no se marca metas en ese sentido. Su máximo de goles en un partido está en 16, seguidos de los 15 del pasado fin de semana, y siempre ha sido el pichichi de su equipo. Ha jugado todos los partidos sin bajar nunca de los seis tantos. «No me supo a poco esa cifra. También depende del rival y de otros factores. Prefiero marcar tres y ganar que diez como contra el Lalín, que perdimos».

Recalca que, al fin y al cabo, se trata de un deporte colectivo y que buena parte del mérito es de sus compañeros. «Si estoy ahí es por ellos, porque si no me llegan balones al extremo derecho -donde juega a mano cambiada- no tengo nada que hacer».

A sus 25 años, debutó con el Cangas en la última etapa del equipo en Plata y a día de hoy tiene complicado el regreso justamente por cuestiones de edad. «Al tener más de 23, debería tener ficha solo con el primer equipo, con lo que el filial, donde soy uno de los veteranos, se quedaría colgado», acepta. Mientras, dedica cinco horas diarias al deporte de su vida entre entrenamientos con el filial, con el primer equipo y como técnico de los alevines. La recompensa llega en forma de goles, esa «anécdota» a la que no hace ascos porque, admite, «cuantos más, mejor».

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