La última escapatoria de Beceiro y Sergito

Los dos jóvenes y talentosos jugadores gallegos son acogidos por el presidente del Verín y su familia en su hogar para rehabilitarlos de una vida de excesos y descontrol


verín / la voz

El deporte y la vida se abrazan en los protagonistas de esta historia. La mala fama de Iago Beceiro y Sergito, dos de las grandes promesas del fútbol gallego, acabó por borrar las crónicas de sus goles y jugadas imposibles. Las promesas de éxito de estos dos amigos del balón y la esmorga naufragaron ante los excesos que cometían en su A Coruña natal, donde la leyenda de sus juergas y vicios devoró los sueños y amenazó hasta su propia vida. Pero esta es la crónica inacabada de su resurrección y la del sacrificio de una familia que no los dejó caer. La de José Manuel Zubiela, presidente del Verín, donde ahora juegan, y quien no ha dudado en acogerlos en su casa, donde viven con su mujer Irene y sus hijos Marián y Josiño, para abrazarse al presente y poder volver a hablar en futuro.

Beceiro, un delantero huracanado de 22 años, alcanzó en la cantera del Deportivo lo que nadie había logrado: escalar desde el alevín hasta el primer equipo. En enero del 2011 jugó un partido de Copa contra el Almería. Tenía 17 años y 311 días. Luego, una breve etapa en Ucrania (al lado del deportivista Lucas en el Karpaty), el Caudal asturiano y el Somozas. Llegó a Verín en noviembre pasado, cuando ya no le quedaba otra escapatoria. «Hubo un momento que estallé. Veía que me estaba engañando a mí mismo y a la gente. Estaba en Segunda B, pero no estaba siendo el jugador que tenía que ser. Tuve una pequeña depresión incluso. Reventé de todo y estuve dos meses sin hacer nada. Una noche salí, me pasé, no fui a entrenarme y desde entonces corté. No quería seguir así. Me quedé dos meses en casa sin entrenarme y me llamó mi agente [Rodrigo Fernández Lovelle]. Me dijo si quería seguir haciendo el tonto, o si me quería venir a Verín».

El presidente del club recuerda que solo puso una condición: «Le dije a Rodrigo que vale, pero que si venía era para vivir conmigo en casa. Al principio no estaba muy bien. Discutíamos mucho y yo sabía que era porque necesitaba desahogarse, estaba agobiado y lo echaba. Nada serio. Solo era desahogarse. Y yo también le contestaba. Eran discusiones, pero nunca llegaron a más. Había gritos, Irene se ponía en el medio, pero nada».

Sergio González, Sergito, dos años más joven que Beceiro, pero como este también del barrio del Temple, fue el centrocampista organizador que desde el modesto Victoria ponía en aprietos a los grandes del fútbol gallego. Muchos clubes llamaron a su puerta, pero todos acabaron por cerrársela. Con 18 años se marchó al Zaragoza, pero solo pasó una temporada. Jugó con el Somozas y llamó la atención del Racing de Ferrol, que lo contrató el pasado verano, pero lo despidió pocos días después. «Antes de fichar -recuerda el propio futbolista- Iago me decía que la iba a cagar, porque él sabía cómo estaba yo. Y tenía razón. Anduve ocho días sin teléfono. Lo apagué. Iba de verbena en verbena. Pido perdón al Racing por cómo me comporté». Continúa Zubiela: «Hablé con su padre y con el representante [Javier Casas, de Bahía] y lo localizaron. El padre me llamó a las diez y media de la noche. Me dijo que lo tenía con él y que me lo quería traer. Llegó sobre la una. Yo tenía un poquito de miedo, de que cuando se vieran los dos juntos... no sabía cómo reaccionaría él (por Iago). Me puse nervioso, pero le dije que se viniera. A las 24 horas ya vi que podíamos intentarlo, que no había ningún problema con él».

Estudios y trabajo

Sus vidas en Verín han cambiado de cabo a rabo. Beceiro acude por las mañanas al instituto, donde cursa primero de bachillerato. «Si veo que me puedo ir yo ya solo, me voy a ir. No voy a esperar hasta los 25 años. Pero para mí Verín es mi segunda casa y cuando José Manuel e Irene quieran yo vendré a hacerles compañía», afirma. Por la tarde juegan a la Play y se entrenan con el equipo. Beceiro, héroe del ascenso a Tercera, lleva ahora cinco goles en siete partidos. Sergito, que también va a empezar a estudiar para sacarse el graduado, ayuda al presidente, que es pescadero y recorren juntos la comarca en una furgoneta. «La única ayuda para cambiar ha sido ellos. Es la familia que tuvimos. Y el Verín, claro. Si me voy algún día, mi recuerdo será ese», indica. Tras un silencio, Zubiela apostilla: «Son buenos chavales, pero la mala vida les ha llevado a cosas que ni ellos mismos quieren. Pueden llegar a ganarse la vida como futbolistas. Yo quiero echar una mano al Verín, verlos un día ahí arriba y ojalá decir: «Mira, lo conseguimos».

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