El deporte es tal vez la suerte que mejor refleja la falibilidad humana. Una mala noche, una decisión desacertada en milésimas de segundo, la tensión mal enfocada... pueden echar por tierra una temporada inmaculada, meses y meses de trabajo impecable hacia el éxito. Sin embargo, hay ciertos nombres, unos pocos elegidos en la historia, que consiguen convertir algo mutable, complejo de pronosticar, en un resultado predecible. Lo hacía Jordan cada vez que se enfundaba una camiseta de los Bulls, Woods sobre cualquier trozo de hierba, Nadal cuando acariciaba la tierra de Roland Garros... y Javier Gómez Noya. Esa es la verdadera dimensión de un triatleta que se ha proclamado campeón del mundo por quinta ocasión. Más que nadie en la historia. Se queda solo en el Olimpo del deporte de las tres disciplinas. Nada, pedalea y corre con una precisión y regularidad jamás vistas. Tiene, como todos los que han logrado trascender a su tiempo, algo de extraterrestre.

La gran final de ayer a orillas del lago Míchigan no fue sencilla. El recorrido de dos vueltas se cambió por un trayecto de un solo trecho de 1.500  y pese a los esfuerzos de Richard Varga por estirar hasta el límite a quienes le perseguían en una lámina revuelta, lo único que sucedió es que perdieron de vista sus pies y se fueron apelmazando a unos metros del brillante nadador eslovaco. Gómez Noya tocó la primera transición entre los veinte primeros a escasos segundos de la cabeza. La sorpresa fue comprobar que Mario Mola no solo aguantaba el arreón inicial sobre el agua, sino que abandonaba su peor segmento por delante de Javier. Entre los elegidos también estaba el francés Vincent Luis, el otro candidato al oro final. Ya con los pedales en los pies, Jonathan Brownlee se esforzaba hasta la extenuación para hacer saltar el grupo en pedazos. 

Y de hecho, en los primeros instantes con los brazos sobre el manillar se llegó a formar una pequeña escapada de seis o siete unidades con Luis, Brownlee y Mola. Al tetracampeón del mundo le tocó trabajar a destajo. A su lado, Fernando Alarza y Vicente Hernández arrimaron el hombro para conectar. Poco antes de concluir la primera vuelta, Gómez Noya enlazó. 

Después emergió la calma, la guerra táctica. Gómez Noya vigilaba a Mola y Luis de cerca. No les dejaba ni un centímetro. Pequeñas escaramuzas de nombres sin importancia. Nada trascendente. Todo quedaba para el 10.000 definitivo. Y a pie, demostró qué le ha llevado hasta la cima, hasta cimentar una tiranía descomunal en el triatlón. Su primer apretón ya no encontró la respuesta de Luis ni de Brownlee. Se marchó junto a Mario Mola. Los dos abrieron una eternidad entre ellos y el resto. Javier lanzó un par de latigazos. Pero a pocos metros de la llegada, el cambio de Mola fue demasiado. Daba lo mismo. Ya era pentacampeón. 

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Gómez Noya, un nuevo extraterrestre