Teresa Portela aviva su leyenda

La palista gallega conquista el bronce en el Mundial y vuelve a apuntar al podio de los Juegos


redacción / La voz

Cuando Teresa Portela anunció que había decidido aparcar su carrera deportiva para ser madre, muchos estaban convencidos de que no volvería a la élite, que este nuevo paso personal sumado a la decepción de Londres, donde se quedó a un palmo de la medalla de bronce, actuarían como catalizadores de su retirada. El peaje de regresar semejaba demasiado grande para una deportista que había ingresado la treintena. Pero los grandes campeones están fabricados de algo diferente y la palista canguesa lo tiene. Ayer, después de superar un año prácticamente desconectada de las grandes competiciones, no solo volvió a asomarse a la cima, sino que dejó claro que en el podio de Río de Janeiro tendrá cosas que decir. En Milán firmó un Mundial espléndido, para enmarcar y que coronó con una medalla de bronce, la misma que se le había escapado en los Juegos hace tres años y cuya pérdida le costó digerir. Ahora este bronce le sabe a oro.

Poco antes de salir hacia Italia, Teresa Portela confesaba que se encontraba «muy bien». El cronómetro no engañaba y la preparación para la prueba que debía encarrilar su presencia en sus quintos Juegos Olímpicos, el Mundial de Milán, iba sobre el plan que había trazado junto a su entrenador, Daniel Brage. El arranque le había costado, porque estaba obligada a compaginar la reciente maternidad con las agotadoras sesiones de entrenamiento. En esos momentos, su entorno se multiplicó. Especialmente su marido, David Mascato, que le acercaba a su hija Naira al Centro Galego de Tecnificación Deportiva de Pontevedra, donde afinaba su puesta a punto. «Tengo que agradecerles a todos lo que han hecho por mí. Todos se vieron obligados a adaptarse a mi doble papel de madre y de deportista», subrayaba Portela hace unos meses en una entrevista en La Voz.

Aquellos sacrificios cobraron sentido en tres días arrolladores. Desde su estreno en el Mundial el viernes en las series de clasificación, Teresa Portela fue lo que nunca ha dejado de ser: una referencia. Fue segunda en su serie, por detrás de la polaca Marta Walczykiewicz, pero acabó con el tercer mejor registro. Ya el sábado durante las semifinales, con las buenas sensaciones que le había dejado la pista de Milán, Portela se disparó hacia el podio. Quedó primera de la cuarta semifinal y solo la superó la neozelandesa Lisa Carrington, intratable durante toda la competición. «Allí ya vi que era factible luchar por las medallas, los tiempos me sirvieron de referencia», explica. Colarse en la final también le servía para cerrar el principal objetivo con el que había viajado hasta Italia. Ya estaba clasificada para los Juegos Olímpicos de Río. Ninguna gallega había participado tantas veces en la cita planetaria e ingresaba en el selecto club de las españolas que había conseguido esta cifra. Pero Teresa quería más.

Y ayer llegó la hora de la verdad. Y no defraudó. Sacó todo su talento en el momento decisivo. Apretó los dientes y solo miró hacia el horizonte. «Salí a por todas, tenía un poco lejos a la neozelandesa, aunque en un 200 -compite en K1-200 metros- no da tiempo a ver, mirar te perjudica más porque puedes perder palada y caerte al agua», afirma la palista de Cangas.

Carrington, a la que incluso le aseguró el oro con un tiempo de 40,060 segundos; la polaca Marta Walczykiewicz fue segunda, con 40,700; y Teresa Portela, tercera, con 41,248. Catorce medallas en los mundiales -dos oros, seis platas y seis bronces- y 17 metales en los Campeonatos de Europa iluminan un currículo solo a la altura de las leyendas del deporte. Poco después del podio, Teresa Portela bajó a celebrarlo con su marido y con su hija. Naira, con 17 meses, la había acompañado para que se pudiese concentrar al cien por cien en la competición. «Quería tenerla a mi lado para no estar preocupada y pensando en cómo estaría ella. Eso sí, cuando vaya a competir, se quedará David [Mascato] cuidándola», declaraba poco antes de salir de Galicia. «Se lo dedicó a mi marido, a mi hija, a mi entrenador y a mi familia», decía ayer emocionada. No tenía nada que demostrar, pero se exhibió a lo grande.

«Salí a por todas,

tenía un poco lejos a la neozelandesa, aunque en un 200 no da tiempo a mirar porque puedes perder palada y

caerte al agua»

«En las semifinales ya me di cuenta de que la medalla era posible. Se la dedico a mi marido, mi hija, mi entrenador y mi familia»

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