Que no haya nunca que preguntar: ¿Cuántos son los atletas limpios?


Las revelaciones sobre fraude masivo en el atletismo mundial nos llevan a plantearnos como seria posibilidad que este es un deporte completamente corrompido por la lacra del dopaje. Quizá no sea justo generalizar hasta semejante extremo. Y tal vez sea un exceso considerar corrupto un deporte por el hecho de que un grupo numeroso y significativo haya cruzado la línea roja de la ética y de la legalidad. Puede, pero la historia reciente ha demostrado que casi todos los indicios, sospechas y noticias que han surgido sobre deportistas tramposos, se han ido confirmando con el paso del tiempo e incluso aumentando su dimensión.

Por ello, sería una apuesta más segura -e incluso más honesta- ponerse en la tesitura de que el atletismo está enfermo. Hasta tal punto que quizá haya que preguntarse cuántos atletas van limpios y no cuántos son los que se han dopado.

Según las revelaciones periodísticas un tercio de las medallas del fondo mundial están más que bajo sospecha. Uno de los focos de atención se centra en Kenia, donde este esforzado deporte es una religión y de donde salen corredores hasta de debajo de las piedras. No es nada raro encontrarse algunos domingos del año con clasificaciones de fuste a lo largo y ancho de la geografía mundial que se encuentran copadas por los imbatibles keniatas. Hemos podido leer historias maravillosas sobre estos héroes que encontraron en el esfuerzo sobre el tartán y el asfalto una salida a la pobreza. Y le hemos dado mil vueltas a sus cualidades genéticas, a sus métodos de entrenamiento y a las razones por las que estos desgalichados incansables son invencibles. Y ahora resulta que toda esta leyenda podría haberse construido desde un cenagal de engaños. No hay derecho.

Y llegados hasta aquí, ¿cómo se limpia toda la porquería? Al margen de que las autoridades y administraciones correspondientes hagan su trabajo, solo se saldrá de este barrizal de la mano de los propios atletas. Si los que nunca han recurrido a la ingesta de sustancias prohibidas para competir, reprueban con contundencia a los que sí, se habrá dado un paso casi definitivo. Se trata de conseguir que sea mucho más importante ser un deportista honesto, que no un ganador. Y a los deshonestos hay que tratarlos como lo que son, unos estafadores que engañan al público, a los patrocinadores y a sus propios compañeros. Si el atletismo honrado -que claro que lo hay- se lo propone de verdad, los tramposos están acabados.

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