Villar no debe ganar esta batalla


Miguel Cardenal cometió el error de querer fiscalizar al fútbol. O a Villar, que es otra cosa, porque el fútbol es un deporte maravilloso, que no entiende de tanto chanchullo como le rodea. Al secretario de Estado para el Deporte se le ocurrió cumplir con su sagrada obligación de velar por el dinero público y controlar la gestión de las federaciones, que ejercen funciones que están delegadas por el propio Estado. Pero se ha topado con la cruda realidad, que Villar se siente presidente de la República Independiente del Fútbol, un lugar en el que nadie puede entrar sin su permiso y en el que no se rinden cuentas a nadie.

El presidente de la federación ya le echó un pulso al anterior Gobierno. Entonces, Zapatero se plegó por completo. Todo porque el Estado intentó que las normas en el proceso electoral de la Federación fueran las mismas que se habían establecido para las demás. Villar se negó. Y para vergüenza de este país, hizo lo que quiso.

Ahora se reedita el pulso, con un chantaje intolerable de Villar, su gente y quienes le apoyan, que amenazan con las siete plagas si no le dejan tranquilo. Y que, además, al más puro estilo mafioso, intentan amedrentar a la persona que les ha hecho frente. Algo inaceptable en un país democrático. Alega Ángel María el exceso de intervencionismo del Estado. Cualquiera sabe que lo que le molesta no es el exceso, sino la intervención en sí misma, porque si logra no ser fiscalizado seguirá haciendo lo que le de la gana. Villar no puede ganar esta guerra. Sería la derrota de todos.

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