Las batallas ególatras de Ángel María Villar


Transcurría el verano de 1988, cuando una bocanada de aire fresco parecía entrar en la federación. El joven Villar, el que fuera futbolista del Athletic e internacional formando media con Vicente del Bosque, sustituía en el cargo a un José Luis Roca que en solo 4 años había conseguido enfrentar a la española con la AFE, la Liga de Fútbol Profesional y el CSD.

Ángel [le gustaba que lo tutearan] llegaba con una tarjeta de presentación ilusionante. Un abogado con despacho especializado en derecho civil, laboral y mercantil en Bilbao que apostaba por la transparencia, el trabajo y la humildad. No era raro verlo comer de bocadillo para aprovechar el tiempo en la federación, justificando así su dedicación exclusiva, o desplazarse por Madrid en bus urbano.

Veintiséis años después, Villar ya no utiliza el transporte público, no se acuerda de lo que es un bocadillo y colgó la toga al lado de las botas de fútbol. Lo único que no ha cambiado es que sigue al frente de una federación que ha vuelto a estar enfrentada con el CSD, la Liga y la AFE.

Precisamente, esas luchas de ego son las que parece preocupar más al presidente de la federación que la guerra contra la violencia. De hecho, el comunicado de ayer está lleno de recados hacia la Liga y el CSD. El veto al Consejo Superior de Deportes en la comisión, además de inexplicable, resulta una demostración evidente de la politización que está realizando del tema.

Mientras Tebas y Cardenal luchan por plantarle cara a los ultras y echarlos de los estadios, Villar prefiere dirimir sus propias batallas ególatras .

Dos semanas después de que el fútbol español diera la vuelta al mundo con una batalla campal que se saldó con un muerto, el presidente de la federación todavía no ha expresado su postura. Ha evitado acudir a toda reunión a la que ha sido llamado, desconvocó la junta de la comisión delegada del día 15 y aprovechó para refugiarse en Marruecos entre Michel Platini y Joseph Blatter.

El joven que llegó a Madrid para cambiar el fútbol español sobrevive 26 años después entre acusaciones, escándalos financieros, opacidad en una federación bajo sospecha en la que durante años ha presidido una sonrojante liga de imputados.

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