Suso Soliño, el extremo eterno

El jugador cumple un cuarto de siglo defendiendo la camiseta del Balonmán Cangas


vigo / la voz

Cuando a Suso Soliño (Cangas, 1975) se le pregunta si es historia viva del Balonmán Cangas, se echa a reír. «No lo sé, eso dicen por aquí», admite con cierto pudor, «tuve la suerte de empezar joven en el club y desde entonces he vivido muchas alegrías». Durante los últimos 25 años ha coleccionado anécdotas, momentos para la euforia -como las permanencias en Asobal, la aventura europea del equipo o los ascensos- y algunos instantes amargos -su rotura de tibia y peroné fue lo peor-, pero lo bueno supera, con mucho, a los recuerdos grises.

Con 39 años, el extremo de Cangas parece incombustible. Lleva un cuarto de siglo con el balón en la mano, pero su ilusión y determinación cada vez que sale a la pista, lejos de desvanecerse, van a más. «No es que tenga la ilusión del primer día, sino que tengo más. Cada año tienes más ganas porque piensas que puede ser el último. Intentas ayudar al equipo al máximo y hacer todo lo que puedas», cuenta.

Como si los partidos no pasasen por él, de su brazo han salido 35 de los goles de su equipo en lo que va de Liga. Sus tantos alimentan la gran temporada del equipo, aunque él resta importancia a un registro que tampoco le es nuevo. «Este año están saliendo bien las cosas a nivel individual y de equipo», resume satisfecho.

El idilio de Suso Soliño con el balonmano comenzó de casualidad cuando tenía 14 años. El conserje de su colegio organizó un torneo de minibalonmano y le animó a participar. «Montamos un equipo entre tres amigos y yo, y se me dio bien». Tan bien, que el conserje le animó a probar con el Cangas. «Probé, me dijeron que entrenase con ellos, y ahí comenzó todo», por un juego de niños. El que durante un año había sido portero en las categorías inferiores del Celta, cambiaba el balón de fútbol por el balonmano. Una decisión que, a día de hoy, celebra.

Los entrenamientos y los partidos pronto comenzaron a robar horas de la agenda del Suso adolescente. «Yo disfrutaba, iba a entrenar, conocía gente y lo pasaba bien. No sabía si se me daba bien, pero me divertía». Y mal no debía dársele cuando Modesto Augusto le invitó a entrenar con el primer equipo. Tres años después, a los 17, debutaba con el buque insignia del Cangas, iniciando una nueva vida marcada ya para siempre por su deporte. «Nunca me había planteado que lo del balonmano fuera en serio. Me llamaba Modesto para ir a entrenar y los mayores me trataban muy bien; poco a poco fui ganándome minutos, y hasta ahora».

Lo que comenzó como un juego ha acabado por convertirse en un cuarto de siglo con el balón en la mano y defendiendo siempre la camiseta del Cangas, a pesar de haber otras propuestas. «Estaba cómodo en casa, la afición me quiere y juego al balonmano al más alto nivel. No había razón para irme», sentencia un Soliño que en el deporte encontró la felicidad. «Es bonito entrenar, es bonito jugar y conocer gente. Siento el cariño que me ofrece la afición cada vez que salgo a jugar». Un cariño que él lleva 25 años devolviendo con goles.

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