Casillas, el otoño de una carrera brillante

La fractura que abrió Mourinho no ha dejado de abrirse y los errores ya forman parte del paisaje


La Voz

Un deportista con ángel. Un chico normal nacido en el extrarradio de Madrid, en Móstoles, capaz de transformar en una rutina lo que para otros era un milagro. El portero de las paradas inverosímiles, el futbolista formado en la cantera del Real Madrid al que un veterano compañero, cuando comenzó a entrenarse con el primer equipo le ofrecía dinero para que se desplazara a la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid en taxi y evitara así la engorrosa sucesión de metro y autobús. Una sabia combinación de talento innato, cercanía y buena estrella que le permitió estar en el sitio adecuado en el momento oportuno.

Pero dos decenios largos en la casa blanca y quince años en el primer equipo se antojan ya muy largos para que el paso del tiempo no le pase factura. A Iker Casillas, cuyos apodos han tenido más que ver con lo sobrenatural que con lo humano, se le acaba la buena estrella, esa que impulsó su debut con el Real Madrid con apenas 18 años, en septiembre de 1999, o la convocatoria por la que apresuradamente tuvo que abandonar el instituto para viajar con el primer equipo a Noruega en 1998. Ahora, cada una de sus actuaciones se escruta con severidad, no ya en el Madrid, también en la selección, donde ha batido todos los récords y ha participado como actor principal de cada uno de los éxitos de un equipo de leyenda. Un férreo marcaje al que no es ajena la grada de Santiago Bernabéu que lo adoraba o una prensa rosa que comienza a cuestionar la discreción y normalidad con la que siempre ha querido llevar su relación con la periodista Sara Carbonero.

Un halo milagroso

Iker siempre ha respondido al estereotipo de chico normal, aunque la mayor parte de los grandes momentos de su extraordinaria carrera deportiva hayan estado acompañados de un halo milagroso. El primero, cuando, pese a partir en desventaja con su compañero Aranzubia en el Mundial sub-20 de Nigeria (1999), se hizo con la titularidad en el último momento y llevó a España a la conquista del torneo. Tenía entonces 17 años. El segundo, el impulso definitivo y su consagración como un prodigio bajo los palos, se produjo en el 2002: Vicente del Bosque, entonces entrenador del Real Madrid, lo había relegado a la suplencia, quizá porque advirtió en el casi imberbe guardameta una cierta pereza hacia el trabajo en el gimnasio, algo que incluso hoy en día reconoce; como tantas otras veces, un golpe de fortuna personal, o de mal fario de César en plena final de Liga de Campeones, llegó en su ayuda. César se lesionó e Iker adornó los 22 minutos que jugó con una actuación prodigiosa. A partir de ahí se convirtió en héroe de la novena y guardián de la portería del Madrid y de una España con la que ha conquistado la Eurocopa en dos ocasiones y un Mundial, además de ser el futbolista que más veces se ha enfundado la camiseta de la selección: 157.

El galáctico de móstoles

Sencillo y directo, a diferencia de tantos compañeros de profesión atrapados por la opulencia, huía de la ropa de marca o de los coches de lujo. En el vestuario que compartió con Figo, Ronaldo, Zidane o Beckham, él inventó lo que posteriormente se convertiría en el eslogan de sus orígenes: «No soy galáctico, soy de Móstoles». Sus amigos de la infancia, la play, el mus, los veranos en la localidad abulense de Navalacruz? Un chico normal, el yerno ideal que vive con espontaneidad el estrellato. Una naturalidad que trasladó a su vida privada cuando toda España asistió en directo a la oficialidad de su relación con Sara Carbonero. La selección acaba de ganar el Mundial de Sudáfrica y la periodista le entrevistaba; él se despidió con el beso que conmovió a millones de telespectadores.

Ahora, a sus 33 años, la que se considera edad de plena madurez para un portero, la carrera de Iker Casillas parece inmersa en un agujero negro de difícil salida, algo a lo que probablemente él solo haya colaborado como actor secundario. El protagonista accidental de un guion ajeno, de una película que arranca en vísperas de la Navidad del 2012. En el último partido antes de las vacaciones, por primera vez en diez años, fue relegado a la suplencia por Adán, un portero que dos años después lucha por sacar la cabeza en Segunda División. Tras la decisión, José Mourinho, el autoritario técnico madridista que escoge a Casillas como blanco perfecto para plasmar sus cada vez más amplias diferencias con algunos pesos pesados del vestuario del Madrid, como Ramos, Pepe o el mismísimo Cristiano Ronaldo. Como ha reconocido recientemente, no atravesaba su mejor momento y Mou aprovechó para darle un escarmiento y abrir una pequeña fractura fue se hizo crónica al regreso de las vacaciones, con el fichaje de Diego López, la lesión de Casillas y la definitiva elección del guardameta gallego (otro involuntario actor secundario) como portero titular.

Iker y Xavi

La fractura se gestó unos meses antes, en los intensos y apasionantes duelos entre el Barça de Guardiola y el Madrid de Mou, batallas que a punto estuvieron de destrozar la plácida convivencia de una selección española triunfante y modélica. La llamada de Casillas a Xavi para arreglar las diferencias, la concesión a ambos del Príncipe de Asturias de Deporte y algún comentario de Sara Carbonero, en el ejercicio de su profesión, en una televisión sobre la delicada situación del vestuario blanco, avivaron un debate en el que solo Mourinho parecía interesado. Un incendio al que se fueron añadiendo frentes: el personal, con acusaciones a Casillas de airear los problemas de vestuario; el deportivo, con el debate Diego López-Casillas; y la inacción de una junta directiva que no supo captar a tiempo lo que se venía encima.

Casillas encontró cobijo en un Vicente del Bosque que lo trató con su habitual y paternal mimo. «Con Iker hay que tener memoria», repetía el seleccionador. Ni la salida de Mourinho, ni el prolongado silencio de Casillas o el reparto de papeles que instauró Ancelotti en la portería del Madrid contribuyeron a normalizar un problema enquistado: el futuro del que ha sido considerado el mejor portero del mundo. El chico normal, el yerno ideal, se hace mayor. A medida que se consolida su relación con Sara Carbonero, quiere asumir el control de sus negocios, encargarse de unos asuntos que hasta entonces llevaban sus padres y que provocan ciertas diferencias; una historia mil veces repetida, la de unos padres que abandonan sus anteriores labores profesionales para velar por los intereses de unos hijos a los que el éxito les llega a una edad tan temprana. Y el inevitable conflicto cuando los hijos se sienten capacitados para administrar lo que hasta entonces era un asunto familiar. A Iker Casillas también le sucedió y -al menos así se lo aseguró a Iñaki Gabilondo en una reciente entrevista- todo está solucionado, quizá porque el nacimiento de su hijo Martín contribuyó a pacificar la crisis familiar.

Presión desmedida

Pero Casillas no ha salido indemne de una batalla que ha sembrado de inquietud el otoño de una carrera excepcional, el de un futbolista sometido a la desmedida presión de la afición, al severo examen de la implacable prensa deportiva y de los resultados. Tradicionalmente, el fútbol tiene escasa memoria para recordar a los porteros en las victorias; son los grandes señalados en las derrotas y los olvidados en los triunfos. No ha sido así con Iker Casillas, san Iker, el Santo. En la memoria colectiva de los mejores años del fútbol español quedarán para siempre su prodigiosa actuación en la final de Glasgow, su espectacular comportamiento en la tanda de penaltis frente a Italia en los cuartos de final de la Eurocopa del 2008, el pie salvador que frenó el feroz arranque de Robben en la final del Mundial del 2010 o su petición de clemencia al colegiado para que diese por terminado el calvario de Italia frente a España en la final de la Eurocopa del 2012.

Pero el paso del tiempo ha apagado el fulgor de su buena estrella. Iker ya es mortal. Un grave error casi le cuesta la décima a su equipo, su discreta actuación en el Mundial de Brasil mandó a España de vuelta a casa antes de tiempo y el disparo lejano, sin peligro alguno, del eslovaco Kucka abrió a primera derrota de la selección española en una fase de clasificación desde septiembre del 2006. Asegura que no se resigna; seguirá luchando por estar en la próxima Eurocopa, pero ni siquiera el amable discurso de Del Bosque puede ocultar la realidad. La dulce transición está en marcha, esa que se llevará por delante a Iker Casillas, al chico de barrio que ha protagonizado los mayores éxitos el fútbol español. El paso del tiempo.

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