Messi y la leyenda del rey Don Sebastián


Libra esta noche Argentina la última batalla. Y hay tal objetivo desequilibrio de fuerzas frente a la a priori intratable selección de Alemania que, desde que doblaron el pulso a Holanda en la tanda de penaltis de la ronda semifinal, todas las esperanzas albicelestes se centran obsesivamente en el retorno de la figura de Messi. Alrededor de esta anhelada irrupción de La Pulga, Argentina ha desarrollado un relato que tiene mucho o todo de mística, de leyenda. Responde con exactitud a lo que se conoce como «sebastianismo», un término extendido ya con carácter universal a la espera eterna por el hombre providencial que regrese de entre la niebla, o de entre los muertos, para redimir a un pueblo.

El rey Don Sebastián, El Deseado, condujo a los portugueses a la derrota de Alcazarquivir en el siglo XVI. Aunque está históricamente probado que feneció en la masacre ante los bereberes, el alma portuguesa, tan dada a la elegía, desarrolló una fe tan improbable como poco práctica: el anhelo de que, aún en la agonía, siempre restaba confiar en la reaparición de Don Sebastián, que devolvería al despojado imperio luso a las glorias de antaño. En esas siguen.

Argentina ha ido sobreviviendo en el Mundial, mal que bien, a la espera de un flamígero retorno del ausentado Lionel Messi. Batalla a batalla, ante los tercios de Flandes de Bélgica y Holanda, las mesnadas argentinas salvaron la partida gracias a Mascherano y a una visible mejora en una defensa que solidificó lo que hace un mes era tembloroso flan. En un puro acto de sebastianismo, cuanto más tarda en producirse la irrupción de Messi, El Deseado, más se agiganta la adoración, el culto de sus fieles. Llegados finalmente a Alcazarquivir o a Maracaná, el clamor es tal que a Messi solo le cabe surgir como mito salvífico o restar para siempre arrumbado en la insondable niebla de las leyendas aciagas. Honrar a un despojado imperio argentino que aguarda a Don Sebastián, a Maradona, a Lionel.

Más qué fútbol, lo que se le pide hoy al 10 de la albiceleste es un acto de taumaturgia. El precio de alcanzar algo más que un trono, una divinidad.

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