Un desenlace totalmente inesperado


El inicio del partido fue frío, desangelado, como el día que lució en París. A Rafael Nadal no le debió gustar el cambio para la Suzanne Lenglen, porque está muy acostumbrado a jugar en la central, donde se encuentra más cómodo. Tal vez por eso los dos arrancaron algo desacelerados. Pero Ferrer comenzó a entonarse, metiendo presión a Nadal, que se posicionó exageradamente atrás, con restos a la línea. El alicantino distribuyó los golpes con criterio y frente a un rival todavía lejos de su mejor nivel fue suficiente como para apuntarse la primera manga. El resultado era justo.

En el segundo set, el número uno del mundo apretó y tuvo la fortuna de conseguir un break pronto. Aunque Ferrer dispuso de ocasiones para volver a restablecer la igualdad, no lo logró. Y entonces se llegó al 5-4, con ventaja de Nadal. Allí, incomprensiblemente, Ferrer, un hombre acostumbrado a derramar hasta la última gota de sudor sobre la arcilla, se derrumbó. Rafa se anotó con facilidad el parcial y después fue capaz de encadenar diez juegos consecutivos, algo inimaginable frente a un contrincante tan combativo como Ferrer, nervioso y contrariado en la jornada de ayer.

A partir de aquel momento, no hubo partido. David comenzó a jugar todas las bolas a blanco o negro, como si se tratase de un cañonero. Se alejó de su tradicional forma de encarar los enfrentamientos, en los que suele cometer pocos errores y los convierte en una batalla eterna para sus oponentes. No hubo nada de eso. Y, con Nadal tocado en la espalda, era probablemente una de sus mejores oportunidades para poner al balear contra las cuerdas. Pero Ferrer la dejó escapar.

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