Cuatro horas perdidas en tres golpes sencillos


A la hora del desayuno en España, Djokovic abría un encuentro casi de trámite ante Stan Wawrinka, un tipo elegante, agresivo y que no suele pasar de cuartos en los grandes. Cuando tocó el café de media mañana, el suizo se resistía con ese revés a una mano de los que ya no se ven en las escuelas, pero nada hacía prever que se estuviese cocinando la sorpresa del torneo de las sorpresas. Hasta que llegó la última hora de la mañana y se generaban ya los atascos a la salida de los trabajos para comer. Entonces, casi cuatro horas después, empezó un partido nuevo con empate a seis juegos en el quinto set. Y a la batalla del Open de Australia de tenis, un deporte que ha sabido mantener sus códigos y abrirse a avances que contribuyen al espectáculo, aún le quedaba cuerda por delante. Tampoco en Melbourne se juega el tie break en el quinto set, medida que solo aplica el US Open. Visto con frialdad, el partido -en día laborable en cualquier lugar del mundo- solo lo había podido seguir alguien desde una afición irracional. Un sinsentido que espanta al público menos entendido y a los programadores de televisión -los grand slams ya solo se ven de pago en España-.

Y ese bello -pero dilatado- espectáculo de más de cuatro horas finalizó con un derrumbe sorprendente de Novak Djokovic, tiránico sobre la pista rápida durante los últimos meses de la anterior temporada. En tres derechas diferentes entregó la victoria: una de fondo que envió a la red, otra corta que cruzó demasiado y una tercera de volea larga. Nadie esperaba tal desplome del serbio, que desde Wimbledon 2010 solo perdía en los grandes ante los tres de siempre, Nadal, Federer y Murray. ¿Campo abierto a nuevas sorpresas? Solo si el español lo permite.

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