La aventura brasileña de David Cal

El pentamedallista olímpico entrena en la universidad de São Paulo, impactado por la inseguridad del país y por el vitalismo de la gente, y pasa breves etapas en Galicia


Redacción / La Voz

Brasil como principio y fin del último gran reto de David Cal. El palista de Hío, tras una primera toma de contacto con el país la temporada pasada, se machaca por segunda temporada en Sao Paulo. Palada a palada en una pista de más de dos kilómetros de largo, con los Juegos de Río en el horizonte. El fichaje de su entrenador de siempre, Suso Morlán, por la federación verdeamarela, le llevó a emprender una nueva vida de largas estancias en Sudamérica y breves visitas a Pontevedra. Compañeros, lugares de entrenamiento, alimentación, cultura... Todo cambió. Vive satisfecho con el desafío en un deporte tan rutinario y exigente como el piragüismo.

Cal llegó a Brasil el 18 de mayo del 2013. Y vivió una primera etapa en el lago de Guarapiranga. «Estábamos en invierno pero teníamos temperaturas de unos 25 grados, muy buenas para entrenar. Pero en la pista pegaba bastante el viento», explicó hace unas semanas a La Voz sobre la primera adaptación. «Vivía con el equipo brasileño en un apartamento en un condominio, una pequeña ciudad amurallada, con bloques de edificios para unas 20.000 personas, rodeados por un muro y un entorno de favelas».

Atascos y manifestaciones

La selección se mudó luego a la raya olímpica de la Universidade de Sao Paulo. «Es un canal de dos kilómetros, sin apenas viento, y se entrena muy bien. Aunque, en general, las instalaciones del país son más antiguas y modestas que las españolas. Vivimos entonces en un hotel para evitar desplazamientos largos y los atascos de la ciudad, la tercera más poblada de América, y que con frecuencia se paraliza por manifestaciones. Mejoramos muchísimo», explica Cal, que se mudó de nuevo a un condominio, pero ahora cercano a la pista, donde vive ahora.

Un clima más cálido permite variar los biorritmos del pentamedallista olímpico. «En Pontevedra durante el invierno nunca salíamos al río antes de las 10, porque hace muchísimo frío. Pero en Brasil ya estamos en el agua a las ocho». En la pista sigue un plan protocolizado por Morlán, unos tiempos de referencia, día tras día, que le permiten comparar su rendimiento con el de la misma jornada de los ciclos olímpicos anteriores. «El gran cambio es entrenar con más compañeros, sobre todo en la primera parte de cada temporada, la más dura por el trabajo aeróbico, que no me va tanto. En esas épocas, si vas solo, a los 10 minutos inconscientemente bajas algo el ritmo, hasta que el míster te llama la atención. Antes solo entrenaba contra mis tiempos». En el futuro, fijarán su concentración en la laguna Rodrigo de Freitas, la sede olímpica en Río.

Cal pasa en Brasil ciclos de mes y medio con paréntesis de diez días en Galicia con su familia. Un ritmo de viajes agotador. Hará coincidir esos desplazamientos con el selectivo para clasificarse para el Mundial de Moscú de finales de agosto, su reto del 2014.

Asalto a punta de pistola

Cada dos días, Cal tiene una tarde libre, el ritmo de siempre con Morlán. Pero entre sus entrenamientos y el respeto que le produce la inseguridad en Brasil, apenas sale. «Me moví algún día a hacer compras con mis compañeros, pero la mayoría tampoco son de Sao Paulo. Es un país caótico, con mucha pobreza, y al llegar te impacta como vive la gente. La primera semana que tuvimos una furgoneta para el material, ya atracaron al conductor dos asaltantes en moto, a punta de pistola. A todos mis compañeros los atracaron alguna vez», comenta sobre el lado más desagradable del país.

Baile diario y comida de mamá

En todo caso Cal admira el vitalismo que se asocia a los brasileños. «Mis compañeros son de familias humildes y al mismo tiempo muy felices. Se pasan el día riendo, haciendo gracias, de fiesta... Se levantan ya bailando, con sus bromas, y acaban el día igual». Come a diario en un hotel. Le faltan «las comidas de mamá, aunque cada día siempre hay para elegir arroz, pasta, carne y ensalada». «Ellos incluyen el arroz con feijoada en todas las comidas, pero no me gusta, y mis compañeros tienen en la habitación pazoca, unos tubitos macizos de cacahuete triturado, algo así como un polvorón empalagoso que están todo el día comiendo», apunta.

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