Redacción / La Voz

Además de una bota de su amigo Gerard Piqué y un Bob Esponja de trapo, en la habitación de Marc Márquez abundan las motos en miniatura, generalmente réplicas de sus rivales. De Valentino Rossi especialmente. Pero este coleccionismo motivado por la admiración puede ser tomado desde ayer como un ejercicio de jibarización de las máquinas de sus contrincantes, un empequeñecimiento metafórico del que se acaba de proclamar el piloto más grande.

Aunque la presencia de esas pequeñas réplicas junto a su cama no es sino otro gesto gigante de sus personalidad humilde, pese a ser admirado por medio mundo y ganar, con solo veinte años, cerca de dos millones de euros. La historia de Marc Márquez, como la de muchos campeones, narra una retahíla de obstáculos a superar. Su padre, Julià, trasladó al hogar la agria sensación del parado como conductor de excavadoras, lo que limitó los gastos en la afición de Marc y su hermano Álex.

A los cuatro años, el mayor de los Márquez recibió de los Reyes Magos su primera motocicleta a la que el progenitor tuvo que añadir unos ruedines, dada la escasa estatura del hoy campeón de MotoGP. Y siempre necesitó enmiendas a su pequeño tamaño. En su debut en el Campeonato de España le colocaron una especie de tope detrás del culo porque cada vez que abría gas todo su cuerpo se desplazaba hacia la parte trasera. Y en su andadura en el Mundial de 125 siempre le acompañaban unos plomos de 17 kilos para anular la ligereza de su pequeña anatomía. Entonces ya iba de la mano del hombre que ha pulido su talento, Emilio Alzamora, historia viva de otra época boyante del motociclismo español. Su relación es también un símbolo de la unión de dos generaciones de éxito que quedó escenificada de forma emotiva en el 2010, cuando Marc Márquez, recién proclamado campeón del mundo de 125cc, daba la vuelta de honor con la misma bandera española que había usado su mánager en 1999.

Ya entonces pilotaba con sus populares calzoncillos rojos, un color que guarda en exclusiva para los días de carrera. En las jornadas previas, la ropa interior ha de ser azul. El pequeño gesto supersticioso nació entre él y su madre Roser y se ha mantenido hasta ayer a tenor de los resultados que le han reportado tres títulos en cuatro años.

Además de sus padres y Emilio Alzamora, la carrera de Marc Márquez se ha apoyado en su hermano Álex, cuya progresión en Moto3 también obsesiona al nuevo campeón de MotoGP. Una anécdota de este año lo demuestra. Ambos se entrenaban en Barcelona cuando al joven Álex se le dislocó un hombro. Una vez comprobado que la ambulancia tardaría quince minutos en llegar y, dado que eso supondría una recuperación muy lenta que podría amenazar el concurso de su hermano en importantes carreras, el propio Marc le ordenó que se tumbara y le apretó el hombro hasta oír cómo los huesos volvían a su sitio.

Con esa valentía actúa Marc en los circuitos. Su pilotaje de contacto le ha valido numerosos reproches e incluso alguna sanción de la dirección de carrera, pero Marc ha hecho las delicias de los aficionados con unas maneras tan agresivas a las que él prefiere referirse como «estilo inconformista». Ello también le ha propinado algún susto esta temporada, como en Italia, donde su cuerpo rodó por la recta de Mugello a más de 280 kilómetros por hora. Pero la suerte le sonrió hasta auparlo al liderato definitivo concluida la carrera de Cheste. Su Cervera natal es una fiesta. El lugar donde todos los niños tienen en su habitación la réplica de la moto de Marc Márquez.

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Marc Márquez: El calzoncillo rojo funciona