Estrambótica hasta el final


La carrera deportiva de Marion Bartoli siempre se ha salido de la normalidad. Auspiciada por su padre, que dejó su profesión de médico para convertirse en su entrenador, preparador físico, psicólogo, mánager y su sombra desde sus primeros pasos, la trayectoria de la francesa residente en Suiza siempre ha estado rodeada de polémicas y rarezas. Como tal hay que considerar que tomasen como modelo a imitar el heterodoxo juego de Mónica Seles con golpes a dos manos, y la verdad es que, aunque a mucha distancia de la gran campeona serbia, las características de Bartoli, con evidentes dificultades de movilidad, siempre le han exigido jugar al límite, para compensar un físico poco dotado para el deporte de élite.

Nada estética en sus movimientos en la pista, tanto con la bola en juego como sus extrañas manías entre puntos, la influencia de su padre la hizo renunciar a jugar con el equipo de su país, lo que conllevó situaciones de tensión con la federación francesa, al igual que críticas por no cotizar en su país al establecer su residencia en Ginebra.

Una carrera extraña, con resultados superiores a las previsiones de los técnicos, y entre los que destaca la final de Wimbledon de 2006, y la victoria en la catedral hace poco mas de un mes, la consecución del sueño de cualquier tenista.

El inesperado anuncio de su retirada es sin duda una sorpresa. Su justificación en sentirse incapaz de superar los dolores que sufre al competir, para conseguir nuevos retos, reafirma lo que ya todos sabemos: que el deporte de alta competición exige esfuerzos límite al cuerpo y a la mente, que hay que cuidar y planificar muy bien para evitar retiradas precoces o secuelas.

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