De un excelente jugador a un gran campeón


Andy Murray ha entrado en la leyenda del deporte británico con todo merecimiento. Se coronó en Wimbledon gracias a un partido en el que estuvo brillante. Manejó de forma notable los tiempos. Atacó cuando debía atacar, se defendió de Djokovic cuando el juego lo requería y, por encima de todo, compitió con una actitud impecable. Ese, precisamente, había sido el talón de Aquiles del escocés durante su carrera. Pero ayer no gastó ni un gramo de energía en protestas estériles tras puntos fallados. Se lanzó con convencimiento hacia la victoria e incluso remontó, como ya lo había hecho a lo largo del torneo, situaciones comprometidas en el segundo set (1-4 abajo) y en el tercero (2-4). Algo impensable en el otro Murray, el que se diluía en gestos estridentes después de cualquier contratiempo.

En este cambio de mentalidad ha tenido mucho que ver la figura de Ivan Lendl. Con él como entrenador, el británico ha pasado de ser un excelente jugador a un gran campeón. Lendl le ha ayudado a alcanzar la madurez que lo ha convertido en un tenista al que es terriblemente complicado encontrar un punto de debilidad. De hecho, la final de ayer fue el primer partido entre Murray y Djokovic en el que vi al serbio menos seguro de que iba a ganar que a su rival. Arrancó más blando de lo que acostumbra y terminó ofreciendo una versión menor de la que es habitual en él, lastrado, principalmente, por su falta de acierto en el primer servicio. Como anécdota, en los últimos puntos también padeció ese smash deficiente que ya le costó caro en los Juegos de Pekín frente a Nadal. De todos modos, como ya comenté, su principal problema fue que enfrente tenía un Murray diferente, un Murray que ya apunta hacia el número uno.

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De un excelente jugador a un gran campeón