Carlo Ancelotti, un pacificador para el Real Madrid post-Mourinho

El reto pondrá a prueba las reconocidas artes del italiano para manejar vestuarios difíciles y clubes convulsos

Ancelotti, con la Copa de Europa que ganó con el Milan
Ancelotti, con la Copa de Europa que ganó con el Milan

Carlo Ancelotti, el pacificador, fue el elegido por el Real Madrid para suceder a José Mourinho, todo un reto que pondrá a prueba las reconocidas artes del técnico italiano para manejar vestuarios difíciles y clubes convulsos.

A sus 54 años, Ancelotti asume el mando de un club que vive un momento complicado después de todo el ruido generado en los tres años que Mourinho ocupó el banquillo blanco. La misión del italiano no sólo está en ganar títulos, sino en recuperar la unidad del madridismo y la serenidad institucional. El Real Madrid fichó por tres temporadas a la antítesis de Mourinho. Al contrario que el portugués, Ancelotti deja el protagonismo a los jugadores, mantiene excelentes relaciones con la prensa, no es exigente con sus dirigentes, no ansía tener el máximo poder en todas las parcelas del club y su esquema táctico es flexible al plantel del que dispone.

Así, es frecuente ver al italiano esquivando las miradas de la seguridad para fumarse un cigarro furtivamente mientras conversa con los periodistas. Impensable para Mourinho. Ancelotti siempre fue hombre de fútbol. Internacional 26 veces con la selección italiana, formó parte del Milan de Arrigo Sacchi; es decir, jugó en uno de los mejores equipos de la historia del fútbol. Con ese Milan conquistó dos Ligas de Campeones (1989 y 1990) y repitió ese mismo éxito como entrenador (2003 y 2007).

Sacchi fue una de sus influencias más reconocidas durante su época de entrenador. Más silenciosa, aunque igual de notable, fue la herencia de su entrenador en la Roma, el sueco Nils Liedhol, con quien estuvo en sus ocho temporadas como futbolista del club capitalino. Ancelotti siempre fue conocido por su carácter amable y su eterno recuerdo a la educación que recibió, que tanto marcó su personalidad en los banquillos. «Si no hubiese sido por el sudor de mi madre y mi padre, yo habría sido un cualquiera», recordó una vez.

Debutó en los banquillos en el humilde Reggiana en 1995, al que devolvió a la primera categoría del fútbol italiano. Más discreto fue paso por el Parma y su posterior destino, la Juventus, fue una pesadilla. Los hinchas de la Vecchia Signora nunca perdonaron a Ancelotti su pasado en Parma y Roma. Sin embargo, su paso de dos años por la Juventus sí le permitió ganarse el respeto de sus compañeros de profesión, que lo votaron como entrenador del año de la Serie A en la campaña 2000/01.

Con el prestigio intacto, Ancelotti firmó en el 2001 por el Milan y durante ocho años recuperó el lustre de su etapa como jugador, con las conquistas de dos Ligas de Campeones y su definición como técnico de recursos. Allí se vio que el italiano es el técnico ideal para cualquier dirigente. No suele pedir jugadores, no es caprichoso, no le mueve el ego. Aunque a cambio no posee gran carisma ni seduce a los hinchas.

La trayectoria de Ancelotti en el Milan fue suficiente para que el multimillonario Roman Abramovich lo incorporara al Chelsea. Y Carletto no defraudó al lograr el primer doblete de la historia del club londinense: Premier y FA Cup en el 2010. Sin embargo, la siguiente campaña fue un desastre para un Chelsea vacío de títulos y dejando mala imagen. La situación provocó su salida y la solución fue un regreso al pasado: de los millones rusos a los millones árabes. Ancelotti firmó por el Paris Saint-Germain en 2012 y aportó al club francés su primer campeonato de Liga después de nueve años de sequía.

La llamada del Real Madrid, que ya lo pudo contratar en el 2006 y el 2009, fue demasiado sugestiva para él y pidió salir de París sin cumplir el año que le quedaba en Francia para firmar por el club español, por el que Ancelotti siempre sintió fascinación. Ahora le toca en el Real Madrid desarrollar sus conocidas artes de domador de vestuarios sin olvidar el último fin: ganar títulos, y más concretamente esa décima Copa de Europa, ya convertida en obsesión para los blancos después de 11 años de fracasos continuados.

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