Resaca agridulce en la ría

El proyecto humilde de los de O Morrazo, premiado en el último suspiro


VIGO / LA VOZ

Cuando a falta de diez segundos para el final del partido en Huesca, el Octavio falló un ataque y encajó el gol que lo enviaba al pozo de la División de Plata del balonmano español, la euforia se apoderó del Cangas en Aranda. El descenso de los vigueses garantizaba la permanencia de los de O Morrazo en una última jornada para el infarto tintado de desesperación de los vigueses y de alegría desbordante para los morracenses.

Cada sacrificio hecho por la plantilla de los de O Morrazo se veía recompensada con una salvación ganada desde la humildad y el trabajo. Porque solo así se explica que con solo 370.000 euros de presupuesto y más de una docena de equipos a los que alimentar, el Cangas obrase el milagro de la permanencia.

En la trastienda del equipo de Víctor García Pillo no hay neones, sino pico y pala. A ninguno de los héroes del Frigoríficos se le caen los anillos por meterse entre pecho y espalda horas de furgoneta por toda España. Saben que son los currantes de la categoría, y todo el mundo colabora. El entrenador se ha acostumbrado a su papel de chófer, y el delegado y el presidente son expertos a la hora de preparar bocadillos.

En el Cangas no hay estrellas, y su secreto radica en el trabajo en equipo y en la implicación de cada jugador. Lo sabe bien el lateral húngaro Janos Levente, que lleva dos meses jugando a pesar de estar pendiente de una operación en la mano izquierda, o el portero Javi Santana, que defendió la meta morracense en Aranda a pesar de arrastrar una rotura de ligamentos. David García y Adrián Rosales llevan semanas tocados, pero entrando en cada convocatoria.

Y la ecuación del éxito del Cangas -uno de los parias de la categoría por no abonar el canon exigido por la asociación de clubes- no estaría completa si no se incluye a una afición fiel que ha sido el pulmón del equipo cuando los marcadores le asfixiaban. Porque en Cangas, el balonmano es casi religión, y las mil gargantas que cada quince días se citan en O Gatañal tienen parte de la la «culpa» de la permanencia.

La cruz de la moneda

Y mientras la felicidad se agolpaba en Cangas, ayer en Vigo se masticaba un descenso de difícil digestión. Porque la palabra crueldad se queda pequeña para describir la forma en la que el Octavio se suicidó. Con tirar el balón a la grada y no buscar el último gol que les daría la victoria, los vigueses habrían celebrado la permanencia, pero el temor a que el Cangas venciese en Aranda les obligó a arriesgar con portero jugador, perdiendo un balón en ataque y encajando de campo a campo. Demasiada crueldad para una plantilla que se ha dejado la piel en la pista cada semana a pesar de llevar meses sin cobrar, y con denuncias de por medio. Demasiada crueldad para un vestuario que ha sido capaz de abstraerse de todo y aferrarse a la vida cuando más pronunciada era la cuesta.

asobal El CANGAS FESTEJA UNA SALVACIÓN que conllevó el descenso del octavio

El Cangas ha sido capaz de mantener la categoría con una plantilla en la que la juventud abunda más que la veteranía, y en la que el sello de la cantera rige el proyecto. Esa apuesta por la gente de la casa abre ante los de Pillo un panorama prometedor, puesto que si en el primer año han sido capaces de superar el reto de la salvación, con más experiencia en las piernas, el futuro se presume dulce.

El Octavio se enfrenta ahora al reto de regresar a la máxima categoría sabiendo que no será fácil. La economía del club, que adeuda varias nóminas a la plantilla, no allanan un camino por el que se quedarán algunos jugadores. Si la continuidad de Pablo Cacheda en el equipo en Asobal era difícil, el descenso la convierte en imposible, y el central es pieza clave. La retirada de Dasilva es otro revés.

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